El Burdel de las parafilias: Hibristofilia, masoquismo y Bundy [Capítulo 3] (+18)

#terrorinternet #creepypasta

ADVERTENCIA: Lo Que Se Publica En Esta Pagina, Tiene El Fin De Entretenimiento.
La sigiente historia no se recomienda leer para personas moralistas o de mentes debiles.
Contiene descripciones graficas y sexuales, No nos hacemos responsables por daños mentales.
ATTE: Kevin Mendoza


Ahí estaba Alyssa Romanova (Liss) entrevistándose con una nueva clienta. Recibía a unos cuarenta al día, de los cuales apenas la mitad aceptaban los términos del acuerdo, y muy pocos eran los que hacían peticiones interesantes. Frente a ella se encontraba una joven de diecinueve años —bastante delgada— que evitaba hacer contacto visual y llevaba una falda corta y una camiseta de tirantes: su nombre era Jazmín Auz.

—De acuerdo, señorita Auz, ¿vino porque tiene algo en específico en mente o quiere que le sugiera alguna de nuestras parafilias más populares?

—He pensado en algo, pero es… es algo imposible —Al escuchar esto, Alyssa apenas evitó hacer un sonido de molestia; escuchaba esa palabra muchas veces al día y rara vez precedía a una fantasía difícil de realizar, normalmente se referían a alguna situación incestuosa o de adulterio, nada que un buen secuestro no pudiera solucionar. Muy raras ocasiones había circunstancias más complejas, pero no había imposibles para ella.

—Esa palabra no existe para nosotros —respondió Liss con completa convicción.

—Quiero tener sexo con Ted Bundy —le respondió Jazmín mirándola por primera vez a los ojos, desviando de inmediato la mirada y retomando su tono tímido—. Bueno, no tendría que ser él, no quiero tener sexo con un esqueleto… podría ser un imitador.

—Ted Bundy, buena elección. ¿Tiene alguna otra petición?

—Sí, quiero que sea agresivo, pero no lo suficiente como para hacerme daño permanente.

Liss le dijo que su habitación estaría lista pronto y le indicó que esperara en la sala dos. Jaz entró tímidamente a aquel lugar ruidoso y tomó asiento lejos del resto de la gente. En el escenario había una mujer desnuda y amordazada, de pie, con los brazos y piernas atados a los extremos del lugar; a su lado había una mujer con un vestido diminuto de cuero, que portaba una máscara de conejo negra que solo dejaba al descubierto sus labios, y a la orilla del escenario había una anciana de aspecto maligno, sentada en una mecedora con una canasta llena de utensilios diversos.

La coneja se acercó a la mujer encadenada con un machete gigantesco, acarició su cuerpo y mordió uno de sus pezones haciendo que se estremeciera. Se introdujo dos dedos a la boca para humedecerlos y empezó a manipular el clítoris de su esclava, que a pesar del temor, no pudo evitar sentir placer. Con la mano libre, alzó el machete y lo dejó caer sobre el muslo izquierdo de su víctima, rebanándolo cual filete, y provocando que se retorciera frenéticamente y gimiera de dolor. Le arrojó el trozo de piel a la anciana, que comenzó a manipularlo con sus arrugados y deformes dedos.

La torturadora siguió desollándola como si fuera un animal, jalándole la piel y utilizando el machete cuando era necesario, mientras que su víctima lloriqueaba suplicante. Arrojaba los trozos de piel a la anciana, que movía las manos con una velocidad anormal y no permitía ver lo que hacía con aquellos restos humanos.

El escenario estaba salpicado de sangre y la víctima ya no reaccionaba demasiado; Jazmìn estaba impresionada, quería tocar aquel cuerpo rojizo y viscoso que apenas conservaba piel en los brazos, pies y rostro. La sádica liebre tomó unas pinzas de entre las herramientas de la anciana, le quitó la mordaza a la figura ensangrentada y comenzó a arrancarle los dientes uno por uno, arrojándoselos a la anciana que los tomaba y usaba para un propósito desconocido. Cuando terminó con la dentadura, la observó detenidamente: ya no conservaba fuerza alguna y apenas era sostenida por las largas cadenas. Acarició su rostro agonizante con sangre fluyendo de las encías lastimadas, y lo besó procurando lamer toda la sangre en él. De pronto la voz de la anciana la interrumpió, había terminado su extraño cometido.

De pie se podía notar que la anciana no podía medir más de un metro cincuenta. Ella caminó hacia la enmascarada sosteniendo el montón de piel humana, desató su pequeño atuendo de cuero que cayó al suelo, dejando ver un juvenil cuerpo perfecto, y, en su lugar, colocó los trozos de piel que había convertido en un vestido. Le quitó la máscara y la remplazó por una diadema que había decorado con los dientes arrancados. Al retirarse la anciana, Jazmín pudo notar que la sádica coneja era tan solo una jovencita de quince años.

Con el vestido de piel y la diadema parecía una versión gore del hada de los dientes. Caminó por el escenario como si se tratara de una pasarela, y, finalmente, hizo una reverencia ante el público que estalló en aplausos. Jaz estaba maravillada ante el espectáculo y se unió al entusiasmo general, hasta que una voz aguda la asustó.

—Señorita Auz, su habitación está lista —le dijo una criada—. Le corresponde la docientos siete, sígame.

Jazmín la siguió hasta el segundo piso, entonces le fue entregada una tarjeta y una pequeña llave, ambas con el número docientos siete en ellas; le pareció un poco extraño que la acompañara hasta ese punto, pero no hasta su habitación, mas no le dio importancia y se dedicó a buscar su habitación.

Todas tenían grandes puertas metálicas, lo que la puso un poco nerviosa, pero siguió caminando hasta la docientos siete y deslizó su tarjeta por la ranura indicada; la puerta se deslizó automáticamente. Jaz dio un par de pasos hacia dentro y la puerta volvió a cerrarse, asustándola. Tras un pequeño pasillo había una puerta de madera con un letrero en ella, «T. Bundy»; por un momento se sintió como Clarice visitando a Lecter, pero a diferencia de ellos, aquí no habría un vidrio entre ambos. Introdujo la llave en la cerradura, rogando por que la fama del lugar estuviera justificada y que no apareciera frente a ella un imitador de Bundy regordete y grotesco. Giró la llave y entró al lugar.

Era un cuarto de hotel como cualquiera, con escasos muebles (tal parecía que hasta ahí había llegado su presupuesto) y pudo ver a un hombre en cuclillas que parecía muy abstraído en alguna actividad, pues ni siquiera volteó cuando ella cerró la puerta. Estaba de espaldas, así que Jazmín se acercó cautelosamente intentando descubrir qué era lo que hacía. Cuando estuvo a apenas un metro de distancia, lo averiguó con horror: estaba agazapado sobre el cadáver de una mujer, extrayendo sus intestinos con la ayuda de un largo cuchillo.

Jaz no pudo reprimir un grito y el hombre giró hacia ella, era increíblemente parecido a las fotografías y videos que había visto de Ted Bundy; el cruel asesino salpicado de sangre dejó al cuerpo inerte y se acercó a ella, aún sosteniendo su afilada arma. La mujer estaba paralizada por una oleada de excitación y terror, que aumentó cuando él la sostuvo fuertemente de la cabellera y la besó con brusquedad, para luego abofetearla con tanto ímpetu que la derribó.

El rostro de Jazmín ardía y palpitaba deliciosamente por el dolor, y deseó a ese hombre más que nunca. Él se arrodilló frente a ella, recorrió sus piernas desnudas lentamente con el cuchillo hasta llegar a su falda, que cortó violentamente causándole heridas en los muslos, en tanto que su ligera camiseta cedió con facilidad ante el filo, al igual que su ropa interior.



Aquel psicópata cerró una de sus largas y fuertes manos alrededor del cuello de Jazmín mientras la penetraba bestialmente, luego tomó las piernas de la joven y las puso sobre sus hombros, tras lo cual comenzó a propinarle fuertes puñetazos en el rostro hasta hacerla sangrar.

Ella gozaba con ese intenso dolor que ninguno de sus previos amantes había logrado proporcionarle, y sufrió un espasmo casi orgásmico cuando sintió cómo su labio inferior se rompía liberando una buena cantidad de sangre, que lamió con una mueca lasciva, lo que enfureció a su compañero.

—¡Así que te gusta la sangre, perra! —pronunció al mismo tiempo que la arrastraba por el cabello hasta donde se encontraba el cadáver y la arrojó de bruces contra él. Bundy la mantuvo así, de rodillas frente a aquel despojo humano, y le introdujo su palpitante miembro por el ano mientras azotaba su cabeza contra los órganos expuestos de lo que alguna vez fue una mujer.

Así, siendo sodomizada, con la cabeza hundida entre vísceras, y sintiendo cómo aquel asesino serial le tajeaba en la espalda y las piernas que se humedecían de sudor y sangre, Jazmín tuvo el mayor orgasmo de su vida, y al poco tiempo sintió cómo sus heridas eran salpicadas de líquido seminal.

—Ahora lárgate, si no quieres terminar como ella —le dijo Ted señalando al cadáver que le había servido de almohada. Jazmín se envolvió con una sábana, tomó rápido el par de llaves y salió de aquel cuarto sonriendo satisfecha (o al menos intentándolo, ya que su maltrecho y adolorido rostro no podía gesticular del todo). Sin embargo, su sonrisa se desvaneció cuando notó que la puerta no tenía una ranura para deslizar su tarjeta como en el exterior; de hecho, no se veía ninguna posible forma de abrirla desde adentro. Intentó empujarla, deslizarla e incluso golpearla, pero nada funcionó. De pronto, escuchó una voz y se dio cuenta de que provenía de un interfono.

—¿Ha terminado, señorita Auz? —pronunció la voz de Liss.

—Sí, ya quiero salir —respondió ella observando con temor la puerta con aquella inscripción, «T. Bundy».

—Claro, aunque antes debemos hablar de su pago.

—Bien, déjeme salir de aquí y podremos hablar de eso —contestó sin dejar de mirar hacia la puerta.

—No es necesario. Verá, el sr. Bundy realizó un viaje bastante largo para complacerla, y sería injusto que se marchara tan pronto, así que su pago será mantenerlo entretenido un poco más.

—Pero… —Un sutil sonido indicaba que la comunicación se había cortado. Jazmín gritó suplicante que la dejaran salir, mirando aterrorizada a aquella puerta de madera, y sus ojos se humedecieron cuando Ted fue el único que reaccionó con sus gritos.

—Ah, sigues aquí —le dijo obligándola a entrar de nuevo al cuarto mientras ella lloriqueaba y forcejeaba, tratando de liberarse inútilmente.

Él la ató a una silla, desprendió el largo tubo metálico del clóset con el que contaba aquella habitación y comenzó a golpearla con furia; a ella, el dolor dejó de parecerle estimulante cuando sintió cómo los huesos de sus piernas se rompían y sobresalían de su piel. Ya no veía a aquel hombre como un símbolo sexual, sino como el monstruo sádico que era, hasta que, de pronto, la miró casi misericordiosamente, recuperando un poco de su encanto.

—Me da tanta pena ver a un hermoso rostro como este tan maltratado —pronunció acariciándola. Tomó una funda de almohada y se la colocó en la cabeza, atándola fuertemente en el cuello y así limitando la respiración de Jaz al mínimo.

Jazmín sentía todo su cuerpo como una gran herida abierta y creyó que era imposible sentir aún más dolor. Escuchó que su agresor se alejaba, y pensó que por fin se había aburrido de ella; pero, entonces, el sonido de madera rompiéndose la asustó. Sintió cómo él abría sus adoloridas piernas y deslizaba una mano hacia su vagina; no pudo evitar sentir un poco de placer ante ese contacto, pero se desvaneció rápidamente cuando la pata de una silla penetró dentro de ella. Quiso gritar, pero la presión sobre su garganta se lo impidió y comenzó a sentir cómo la vida se escapaba de su cuerpo.



Jazmín se despertó sobresaltada en su cama, sudor frío resbalaba por su espalda. Se llevó las manos al cuello para comprobar que ahí no había nada. Luego corrió a mirarse al espejo de su tocador, tenía el labio inferior morado e hinchado al igual que el ojo izquierdo, pero nada más, y en una esquina del espejo miró una tarjeta, que decía: «El Burdel de las Parafilias». Leyó el reverso, sonrió ampliamente, y dijo:

—Claro que volveré.

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4:03 am

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Eran las 4:03 de la madrugada y me desperté gritando. Fue un sueño.

En mi sueño, vi a todo aquel que conozco o amo ser asesinado por una criatura. Su cuerpo era de baja estatura aunque voluminoso, con largos brazos delgados que terminaban en garras similares a espadas. Sus ojos eran aberturas que despedían un rojo vibrante en la oscuridad, y exhibía hileras de dientes afinados como cuernos.

Me observaba antes de aniquilar a mis allegados, y reía cada vez que los mutilaba blandiendo sus garras.

¿Y cómo nos había encontrado? Me engañó para que lo dejara entrar a mi habitación imitando la voz de mi papá. No podía entrar sin que se le concediera el permiso, me dijo esto cuando estrujó el corazón de mi mamá. El sueño acabó con la criatura produciendo su cacareo burlesco y moviéndose lentamente hacia mí, raspando el suelo con sus garras. Yo grité y me levanté. Estaba en mi dormitorio, a salvo una vez más.

4:03, escuché que llamaban a mi puerta. Me congelé al instante.


—Tomás, oí que gritaste. ¿Te encuentras bien? —escuché decir a mi mamá. Qué alivio, mi mamá había llegado.

—No pasa nada, solo tuve una pesadilla —contesté en tanto el sosiego me inundaba.

—Está bien, cariño. Te traje un vaso con agua. ¿Lo quieres?

—Sí, entra.

Cuando esas palabras abandonaron mis labios, recordé que era septiembre, y que me había mudado devuelta a los dormitorios de la universidad hace dos semanas.

Traduccion: Tubbiefox

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Tan Cerca…

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El carrito de la compra se encontraba a tan sólo diez metros de Sara. Lo necesitaba para
cargar suministros, hasta su austero, deprimente e insalubre, refugio. Pero el carrito…el
maldito y necesario carrito, estaba encadenado en perfecta hilera a otros veinte más.
Llevaba con ella unas cizallas para la ocasión. Estaba preparada, ella siempre lo estaba,
por eso había sobrevivido al fin del mundo. Aunque el mundo seguía allí, los pájaros
cantaban, y los gatos y ratas, reinaban sobre la inmundicia y la enfermedad, pero los
muertos habían adoptado la mala e indecorosa costumbre de no permanecer muertos en
perfecta descomposición, célula a célula. Seguían siendo apestosos, e incluso se
descomponían lentamente bajo el Sol. Pero para desgracia de Sara, aún se movían y
buscaban la compañía de toda persona viva y desgraciada que se encontraran en su
rutina diaria, que consistía básicamente en deambular y soltar un sentido:
“Hugn…mmm…Hugn…”.
El muerto daba vueltas alrededor de los carritos en fila. Llevaba puesto su uniforme de
trabajo. Un polo azul y unos pantalones negros. Condenado a seguir por siempre, -o
hasta que su cuerpo se desparramara finalmente, haciéndose uno con el asfalto- en su
puesto de trabajo, cerca de los carritos de la compra. Sara nunca había tenido que
enfrentarse a ningún muerto que se negaba a permanecer tumbadito sin molestar.
Siempre había tenido la posibilidad de escapar, o pegar un rodeo. En su mano derecho
aferraba las cizallas, sin duda podría usarlas como arma. Pero no quería, no podía.
Quizá, si lo atrajera y después volviera corriendo hacia los carritos, tendría una
oportunidad de cortar la cadena en el tiempo transcurrido hasta que el diligente
trabajador, volviera a su perenne puesto de trabajo. Sara se armó de valor, se acercó lo
suficiente como para poder leer el nombre en la chapita de identificación. Se llamaba
Armando.
Armando se giró torpemente con la mirada perdida hacia Sara, emitió su típico,
“Hugn…mmm” y arrastró sus pies descalzos y desollados hasta la muchacha que tenía
enfrente suyo. Sara se preguntó el por qué de sus pies descalzos, quizá en algún
momento había necesitado todo el sigilo de que sus pies eran capaces, pero a juzgar por
los mordiscos en brazos y pies, no le había salido muy bien la jugada.
Sara lo atrajo con facilidad, alejándolo unos cincuenta metros de su principal objetivo
vital en aquellos instantes. Se sonrió con nerviosismo mientras recordaba cuales habían
sido sus anteriores objetivos vitales antes de aquello, irónicamente le parecían
gilipolleces sin importancia. Volvió corriendo hasta los carritos. Intentó con todas sus
fuerzas cortar una de las cadenas, pero no era capaz de romperlas por mucho que lo
intentaba. Armando ya estaba de vuelta, casi encima, de nuevo en su puesto de trabajo a
perpetuidad. Hacía mucho calor, demasiado, era verano. Sara no recordaba el mes, sólo
sabía que la temperatura llevaba siendo insoportable demasiado tiempo ya. No había
una sola nube y debían de estar a unos enfermizos 37º. Repitió el mismo proceso 5
veces más, con idénticos resultados. Se sentía mareada, Armando seguía tras ella,
siempre tras sus pasos, pues jamás se separaría de ella y su puesto de trabajo.
“Si tan sólo pudiera derribarlo de un golpe seco en ésa geta de imbécil…”

Pero Sara seguía sin verse capaz, no podría cargar con todos los suministros, y sólo de
pensar que tendría que hacer varios viajes esquivando a Armando, le daban ganas de
hundirse a sí misma la cabeza con las cizallas.
“Una vez más, vamos…”
Sara repitió la misma estrategia. Esta vez le costó muchísimo más. Tropezó dos veces
antes de alejarlo lo máximo posible. Volvió corriendo, con la ropa empapada de sudor,
aunque tenía la certeza de que ya no le quedaba una sola gota de líquido por expulsar.
Tenía la boca pastosa. Le dolían las sienes y el estómago. Tenía ganas de vomitar. Se
mareaba y Armando una vez más volvía a estar casi encima.
“Si al principio no tenía fuerzas, menos ahora…”
Y no le faltaba razón. Sara acabó desmayándose. Para cuando despertó, el calor ya no le
molestaba, ni sentía sed o cansancio, pero tampoco recordaba su nombre. Se había
convertido en ayudante permanente de Armando junto a los carritos de la compra.
Dedicados y perseverantes, con un mismo himno entonado por ambos día y noche.
“Hugn…mmm…Hugn…”.

Historia escrita por – Ignacio Castellanos

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Diario de una chica gorda | Diary of a Fat Girl.

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Querido Diario,

Así es como se supone que debo comenzar esto, ¿cierto? Nunca he mantenido un diario antes, ni quiero hacerlo, pero el hospital dijo que tengo que hacerlo como parte de mi “plan de tratamiento”. Gracioso.

Déjenme rebobinar un poco.

Siempre he tenido sobrepeso, desde que era un infante. Asistí a una escuela cristiana estricta, y afortunadamente nunca fui víctima de bullying debido a esto (pero siempre puedes notar a los demás niños mirándote).

Empeoró a medida que crecía, simplemente parecía que me expandía hacia todas las direcciones, excepto hacia las que quería. Así que no solo soy gorda, sino que también soy muy baja. Te has de imaginar que esto no le hizo bien a mi autoestima.

Por culpa de mi peso, siempre he odiado las clases de Educación Física. Antes que nada, está el que tengas que desvestirte frente a las demás chicas bellas y delgadas que me veían de reojo. Dios, me da pena escribir esto. Podía sentir todo mi cuerpo emanar rojo cuando sentía sus ojos fijados en mí. Luego venía el ejercicio como tal. Me daban dolores de pecho terribles y no podía correr más de cien metros, y ni siquiera intentaba los deportes en equipo (nadie me elegía de todas formas).

Probé dietas. Todas las dietas que te puedas imaginar. Atkins, sopa de calabaza, 5:2… Nómbrala, y la he intentado. Pero nunca funcionan, siempre termino cediendo y subiendo de peso.

Las cosas se pusieron muy difíciles hace dos años. Empecé a tener dolores de pecho fuertes y me llevaron al hospital en un apuro. Los doctores dijeron que mi peso estaba en un nivel peligroso y que mi corazón sufría en consecuencia. Tuve que cambiar mis hábitos. Mis papás me rogaron que lo hiciera. Compraron todos los alimentos indicados e incluso me vigilaron a veces mientras comía. ¿Pero cambié? No. Aún era la glotona obesa que siempre había sido.

Aumenté de peso. Sé lo que estás pensando. Por qué. Por qué me hacía esto a mí misma. Por qué no solo me hacía sufrir a mí misma, sino que sometía a mis padres a ello también. Bueno, Diario, te lo diré. ES PORQUE TENGO CERO AUTOCONTROL, OBVIAMENTE. Joder. Me odio. Puedo sentir mis rollos de grasa. Odio ir de compras por ropa. Nada es de mi talla. A veces, me siento en mi cama y me lamento por el poco control que tengo sobre mi vida.

3/20/15

Lo siento, Diario, olvidé poner la fecha la última vez, pero han pasado casi tres semanas. Me mandaron al hospital de nuevo por mis dolores de pecho. Los doctores fueron duros, vi psicólogos sobre mis problemas de peso. Más allá de eso, no hay mucho que reportar… sigo siendo una gordita. ¡Y quizá siempre lo seré! Te actualizaré cuando haya perdido algunas libras… puede que tarde un poco.




Hola, personas de Reddit.com

Soy el padre de Eva, la autora de este diario. Mi familia está devastada y atraviesa un momento muy delicado en la actualidad, puesto que mi hija falleció la semana pasada.

Eva padeció de anorexia nerviosa por muchos años. Al final, su corazón ya no pudo lidiar con ello y se rindió.

Me es claro, al leer su diario —el cual no supe que había tenido hasta que tuve la oportunidad de revisar su habitación—, que Eva también desarrolló un trastorno dismórfico corporal severo, haciéndola creer que tenía sobrepeso.

Pesó sesenta libras, exactamente, cuando murió.

Fue una decisión difícil, pero quise publicar su diario para que otros que sufren de este trastorno, o conocen a alguien que lo haga, sepan lo que es.

A veces, los árboles no te permiten contemplar el bosque en su totalidad.

Historia escrita por – kateshakes (https://www.reddit.com/r/nosleep/comments/33et72/diary_of_a_fat_girl/)
Traduccion: Tubbiefox

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Una historia de mi abuela.

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Gracias al cielo tengo a mi abuela viva, porque sin ella no habría
escuchado esta historia que os vengo a contarles.

Mi abuela se llama Dory, vivió su infancia en una hacienda humilde,
contaba al menos con dos cerdos, una yegua, dos perros, y sobre
todo sus gallinas, fuera de la ciudad, en ese tiempo su hermana
(María) tenía unos 5 meses de nacida.

Ella me contó que ese día obtuvo el susto más grande que pudo
sentir.

Era un día común de la semana, supuse que mi mamá llegaría tarde
ese día, debido a que caía agua del cielo de manera increíble, tanto
que la gotera en la cual caía una gota de vez en cuando, esta vez era
un chorro de agua, además, gracias a esa inmensidad de lluvia que se
precipitaba con gran fuerza, esa gran gotera consiguió dos
compañeras, una cerca de la entrada y la otra en la entrada de la
cocina, agradecí a Dios que esas goteras no hayan parecido en las
dos únicas habitaciones que teníamos.

La lluvia no cesaba, el frió era casi lúgubre y eran ya las 9:30 de la
noche creo y mamá aun no llegaba, levanté a María y la llevé a la
habitación y la arropé, sin embargo, maría comenzó a llorar, pensé
que quería comer algo, así que fui a la cocina y me dispuse a cocinar
algo para María.

Cuando encendí la estufa llegó mi madre, entró y cerró la puerta con
rapidez para que no ingresara mucha agua a la casa, se quitó el
abrigo y las botas empantanadas y se secó un poco el cabello, se
acercó a la cocina y no alcanzó a decirme nada porque sonó algo en
el techo, ese sonido fue como si algo hubiese caído directo al techo,
fue un sonido abrupto y ensordecedor.

Pensamos que estaban cayendo del cielo lluvia y granizo, aunque, sí
estaba lloviendo muy fuerte no había ningún indicio de granizo en el
suelo. Nos mantuvimos en silencio un momento mientras

deducíamos que fue lo que había caído sobre nosotras, los perros,
curiosos, estaban mirando hacia el techo, mi madre y yo estábamos a
punto de hablar cuando sonó nuevamente el techo, pero esta vez era
un sonido particular, eran pasos, indudablemente era el golpeteo de
pies caminando, los perros igual que nosotras estaban mirando hacia
el techo siguiendo con el oído el sonido, no obstante, los perros
ladraban histéricos.

Luego el sonido se detuvo, pero cambio a una voz femenina, no
decía nada, sin embargo, se entendía muy bien este sonido, y era:

“ja. Ja. Ja. Ja”.

Cuando escuchamos esa risa malévola de inmediato se apagaron
todas las luces de la casa, y se abrió de par en par la ventana en el
cuarto del bebe, mi madre me dijo: -Dory, ve por la niña.

Sin pensarlo fuimos corriendo hacia la habitación del bebe, tome de
la cama a mi hermana y mi madre cerró la ventana y la bloqueó. La
luz no regresaba así que mi madre fue por una vela y la encendió,
cuando nos iluminó a mi hermana y a mí, quedó asustada, pálida e
inmóvil. Yo al ver el rostro de mi madre quede perpleja no sabía que
pasaba, visualice a lo lejos a los perros gruñéndome, ladrándome y
mostrándome fuertemente los dientes, estaba asustada. Luego miré a
mi hermana, se me erizó la piel, se me heló la sangre y me dio un
escalofrió del cuello hasta la punta de los pies.


Esa no era mi hermana, lo que tenía en brazos era todo menos mi
hermana, su cara era asquerosa llena de llagas, su mirada estaba
perdida, tenía pedazos de cabellos regados por su cabeza y esa cosa
era tan helada como un bloque de hielo, solo la mire por un instante
y la tiré con susto y asco cuando se oyó una risa aguda y grotesca
por toda la hacienda “Hahahahahaha” luego de eso agarré otra vela,
la encendí y mire la cuna de mi hermana, gracias al cielo estaba allí
en su cuna, durmiendo plácidamente, como si nada hubiese pasado.

Después de eso, por las noches cerrábamos y bloqueábamos
fuertemente la puerta y las ventanas.
Historia escrita por – Santiago Sánchez.

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“El bosque de Los corazones Negros”

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En los lugares mas reconditos de nuestro planeta, se encuentran locaciones completamente inexploradas por la mayoria de seres humanos.

Ya sea por la dificil forma de ingresar a ellos o simplemente por algo mas logico y comprensible. Son totalmente oscuras y extrañas…

El bosque de “Los corazones negros” es uno de ellos. Un lugar al cual exploradores de todo el mundo, solo llegaron a su entrada y de ahi, no avanzaron mas. Lleva este nombre por que se dice, que todo aquel que entre aqui, no podra nunca jamas ir al paraiso. Se dice que en otro universo alterno, esta es la entrada al mundo de los muertos, un lugar aun mucho peor que este extraño y aterrador bosque.

Muchos exploradores afirman que, apenas estar cerca del puente que a su vez es la entrada a este mitico lugar, se siente una pesadez enorme y una angustia insoportable. Y eso no es todo, ellos afirman que se escuchan lamentos macabros, como si se tratase de un lugar de extremo dolor y sufrimiento y ademas, risas y gritos de esclavistas gozando de su bizarro trabajo. Golpear sin parar a esas almas perdidas en ese tragico limbo de angustia y sufrimiento.

El mito de este bosque tambien agrega que, toda persona que entre aqui, sera perseguido por las almas mas rebeldes del Reino de los muertos y que, sus predecesores correran el mismo destino. Es un lugar donde no se distingue el dia de la noche, donde siempre hay baja temperatura y mucha niebla y en algunos lugares, se siente extremo calor y humedad insoportables para cualquier ser humano.

Aunque hubo un hombre, un hombre que tuvo el coraje y la valentia suficiente para entrar a este lugar y ademas, logro salir con vida de tan pertubador lugar.

En ese lugar estuvo 4 años intentando salir, pues el dice que era un lugar que cumplia patrones leberinticos y fantasmales. Parecia que el lugar tenia vida propia.


Cuando logro salir, nadie le creia. Las noticias ayudaron a que esto se propage como una especie de broma y en internet, ninguna parte de esta historia se tomo enserio.

Ese hombre decia que veia a gente recitando conjuros de alguna lengua olvidada del continente negro y que encima, podia ver como mataban a mujeres y niños de formas totalmentes indescriptibles y totalmente irrespetuosas ante los ojos de dios. Podia ver rituales extraños que duraban toda la noche y escuchaba aullidos de seres de dudosa existencia humana, mas bien parecian seres antropomorficos pertenecientes solo a una civilazion antigua de existencia mitologica lovecraftniana.


Han pasado 2 años desde la muerte de mi padre, pues tuvo un cancer terminal que acabo con su vida. Sufro de insomnio y entonces siempre trato de exorcizar mis demonios escribiendo todo lo ocurrido…ya perdi la cuenta de hace cuanto que no duermo. Esas malditas suplicas de dolor y risas macabras que vienen desde las otras habitaciones no me dejan dormir… ESTA MALDICION DURARA EL RESTO DE MIS DIAS!

Historia escrita por – Ever Gonzalez

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Teoria de las cuerdas | String Theory.

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¿Alguna vez has tenido una experiencia que sugirió que alguien más estaba en tu casa, y solo pensaste «no quiero saberlo», haciéndolo a un lado? A veces, el miedo a lo desconocido parece ser la opción de preferencia ante el peligro real y concreto. Pero por lo general no sucede nada. Una vez, la función de alarma del teléfono inalámbrico de mi casa se disparó cuando yo estaba solo. Solo se podía llamar desde la sala de estar. En otra ocasión, juraría que alguien me robó un dinero del escritorio. Probablemente solo son pequeñas jugarretas desconcertantes de la memoria.


¿Pero qué harías si algo realmente sugestivo llegase a pasar? ¿Correrías, o solo lo ignorarías, como yo hice?

El lunes anterior fue un día normal. Me levanté, me lavé los dientes, me puse mi uniforme escolar… Todos los pequeños detalles de mi ritual de mañana. Me pareció que sería otro día totalmente irrelevante, hasta que vi las cuerdas.

Había tres o cuatro cordeles gruesos en mi habitación. Se cruzaban entre sí desde las paredes alrededor de mi cama y uno estaba enlazado a la puerta. No había manera de que los hubiera ignorado antes; tuve que haberme tropezado en ellos. Estaban atados a clavos en las paredes, los cuales tampoco existían hace diez segundos.

Nadie pudo haber estado en mi cuarto mientras yo estaba en él, ni mucho menos colgarlos. Pero era temprano y mi cerebro no procesaba las cosas correctamente. Solo ignoré el panorama, desaté las cuerdas y me fui a la escuela, dejándolas hechas una bola en mi escritorio.

No mejoró después de eso. Afuera de mi hogar había cientos de ellas, atadas entre casas, alrededor de autos, a lo largo de las calles… Esto tenía que ser una broma bastante elaborada. Uno de esos programas de cámara oculta. Y también habían metido a todos los demás en ello: los transeúntes iban atados, amarrando las cuerdas en objetos hacia los que se dirigían y de los que se alejaban, como si estuvieran siguiendo el flujo que había sido desplegado para ellos.

Continué, nervioso, mi camino hacia la escuela. En el bus, todo excepto yo estaba atado a la puerta. En la escuela, grupos de amigos estaban atados entre sí; los profesores atados a mesas y pizarrones. Curiosamente, lo único que me preguntaba para ese punto era por qué yo había sido excluido.

Cuando mi amiga Lucía se sentó a mi lado en la primera clase, solo tiró su mochila en mi regazo y descansó su mentón en su mano viendo a través de mí, hacia la ventana que daba a la intemperie.

—Ey, Lucía.

Ninguna respuesta.

—Vamos, no esperaba que a ti también te convencieran de esto.

Suspiró y empezó a sacar libros de su mochila. Todos los libros estaban atados a sus manos. Sonreí y arranqué una de las cuerdas de un libro. No pareció notarlo; en su lugar, omitió el libro por completo y lo dejó caer al suelo sin vacilar.

—Um.

Me agaché, recogiendo su libro y colocándolo de vuelta en su escritorio. No lo notó.

—Bueno, si así es como quieres jugar.

Sonreí, tratando de verme bromista, pero en realidad solo quería ocultar mi nerviosismo. Agarré todas las cuerdas atadas a ella con una mano y las retiré de su cuerpo.

—Joder, Martín. Eres como un ninja o algo.

—He estado sentado aquí más o menos por cinco minutos. —Sonreí de nuevo, aliviado de que mi amiga me haya «notado».

—¿De dónde salieron todas estas cuerdas? —resopló, aparentemente ignorante de ellas hasta ahora.

—Pensé que todos ustedes me la estaban jugando…

Se puso de pie, moviéndose hacia una esquina. Nadie más en la clase lo notó.

—¡No estaban aquí hace un minuto! ¡¿Tú las ves también?! —Su tono hacía evidente que su temor era genuino.

—Sí. ¿Pero tú no…? —fui interrumpido por mi profesora cerrando la puerta detrás de sí. Todos en la clase, a excepción de Lucía y yo, murmuraron un saludo e, incluso entonces nadie pareció notarnos.

—Todo el mundo me ha estado ignorando hoy —le dije a Lucía antes de girarme hacia mi profesora—. ¡Oye, perra! ¡No sabes enseñar ni mierda!

Ninguna reacción.

—Me voy a alejar de toda esta mamada. —Lucía movió algunas cuerdas fuera de su camino y abandonó el salón. Yo la seguí. Para mi irrefrenable asombro, nadie lo notó.

Deambulamos por los corredores, entrando y saliendo de las clases que quisiéramos. Siempre que desuníamos una silla o un libro de alguien más, era como si de pronto no les importara. Ya no existía.


Le mostré las calles; había más cuerdas de las que había por la mañana. El doble. Avanzamos con cuidado por el enredo, siguiendo el trayecto hasta una cafetería cercana. Nada en particular interesante, lo sé. ¿Pero qué harías tú en nuestra situación? Como dije, el miedo a lo desconocido es la opción más segura a veces.

En unas cuantas ocasiones, le sugerí que desuniéramos a más personas. Lucía se opuso, recordando lo aterrada que ella había estado.

Una vez en la cafetería, llevamos un par de emparedados y bebidas del refrigerador. Encontramos una mesa, desatamos todas las cuerdas de las sillas y nos sentamos. Ambos comimos en silencio, ambos asustados, ambos distrayéndonos con ver a los desconocidos en la tienda, ignorantes de las cuerdas.

Luego de veinte minutos, Lucía habló:

—Ahora va a tomar ese emparedado —dijo, apuntando a la mujer al otro lado de la tienda. Ciertamente, caminó al refrigerador y tomó el emparedado envuelto en plástico al que ella estaba atada—. Pagará por él y se irá —Lo hizo, según la profecía de las cuerdas—. Ese hombre no pretende pagar. —Vi cómo un hombre tomó su café y corrió afuera de la tienda; los meseros solo lo vieron muy irritados como para perseguirlo.

—Esto es horrible —murmuró—. Vámonos, por favor.

Afuera no era mucho mejor. Todos solo seguían las instrucciones de las cuerdas, viviendo su día a día. Lucía anunció que se iría a casa para tratar de dormir, y yo accedí a llevarla. Vivía a solo diez minutos de distancia.

Más allá de la parte congestionada de la ciudad, había menos cuerdas. Era agradable; casi podíamos pretender que no estaba sucediendo nada.

Cuando doblamos a la calle de Lucía, se paró en seco dejando caer su mandíbula.

—¿Y ahora qué? —rompí el silencio; mi voz sonó sorpresivamente diminuta.

—Mira. —Apuntó afuera de la casa de uno de sus vecinos.

Lo vi con claridad, y me arrastraré la memoria de esa escena hasta el día en el que muera. Un pequeño duende negro, quizá de treinta centímetros de alto, caminando con sus nudillos en el suelo, casi como un mono. Tenía dos ojos bulbosos amarillos que acaparaban la mitad de su rostro, y no tenía boca o ningún otro rasgo facial. Sostenía un martillo y una bola de cordel.

Caminó rápida y sigilosamente desde la entrada principal de la casa hasta el buzón. Se detuvo, martilleó un clavo al lado del buzón y ató una cuerda a este. Se volteó a nosotros y se paralizó cuando nos divisó.

Mis piernas flaquearon aún más de lo que ya lo hacían, pero solo nos miró con una expresión de sorpresa y curiosidad. Casi se podría decir que era una expresión de pavor. Súbitamente, nos hizo señas con sus manitas.

Miré a Lucía; no se había movido. Volteé al duende, el cual me veía fijamente. Acorté la distancia entre nosotros por la mitad, y luego la acorté de nuevo. Esto ya no era temor a lo desconocido; era temor a esta criatura. Pero no parecía nada a lo que deberías temer. Cuando estaba a un metro de ella, extendió su mano.

—Eh. Hola. —La estreché y me asintió a modo de aprobación, parpadeando sus masivos ojos amarillos—. ¿Así que tú eres el que está a cargo de las cuerdas? —Me asintió enérgicamente.

Llamé a Lucía, pero se quedó en donde estaba.

—¿Hay más como tú?

Asintió de nuevo. Quería hacerle más preguntas sobre lo que era y de dónde venía, pero parecía que estaba atascado con preguntas de sí o no.

—¿Tienes voluntad propia?

Solo me vio, casi con tristeza. Sentí que me iba a enfermar, y ya no podía soportar el panorama de esa criatura. Tomé a Lucía, quien había estado escuchando nuestro intercambio, y ahora se sentaba en la acera con su rostro entre sus manos.

—Vámonos.

Entramos a su casa y le hice una taza de té. Cuando la encontré en la sala de estar, había desatado a su perro y estaba acurrucada con él, llorando. Puse el té en el suelo y me senté junto a ella.

—Tengo tanto miedo —me susurró luego de diez largos minutos de gimotear. No respondí. No podía—. Me voy a dormir —murmuró de pronto, y un minuto más tarde así había hecho. Descansar comenzaba a sonar como una muy buena idea; mis ojos se sentían como si fueran estirados hacia abajo.

Colapsé en la alfombra, y lo último que escuché antes de caer dormido fue el merodeo de muchos pies pequeños cercanos.

Me sentí mucho mejor al despertar, como si todo el asunto hubiera sido un sueño. De seguro me lo habría creído si no hubiese sido despertado por la mamá de Lucía esa noche, preguntándome qué era lo que hacía durmiendo ahí sin previo aviso.

En la cena, Lucía me preguntó por qué me veía tan pálido y nervioso. Me volteé y le sonreí, mascullando algo sobre estar enfermo.

Pero la verdad era que estaba asustado porque no podía ver las cuerdas, y me preguntaba si mis acciones eran realmente mías.

Historia escrita por – TESLA
Traduccion – Tubbiefox

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