Encontré a una chica que conozco en una porno

27 Octubre, 2017 creepypasta, miedo, terror

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Muchos aquí en Reddit hablan de encontrar personas que conocen en /r/gonewild, o en una porno, o algo. Pero les puedo asegurar de primera mano que no siempre es como las personas dicen que es.

Tenía once años el verano que Kathy Ritter, de mi misma edad, huyó de casa, fue secuestrada, o fueran cuales fueran las mentiras que los periódicos estaban publicando aquel mes. Entre eso y que la familia Ritter se hubiese mudado luego de que el rastro se congeló, nunca comprobamos qué fue lo que pasó. Y, eventualmente, nos olvidamos de ella.

Años después, la vi de nuevo. No de manera breve, en persona, sino que en línea. En un video pornográfico.

Yo tenía dieciséis años y el video se veía reciente. Al menos, tenía una fecha de publicación reciente. Lo cerré y apagué mi computadora de inmediato. Estoy avergonzado de admitir que no fue a raíz de mi preocupación por Kathy, fue porque tenía miedo de lo que me pasaría si se me descubría viendo lo que técnicamente era pornografía infantil.

Eso ocurrió semanas antes de que la curiosidad y una noción estúpida de heroísmo adolescente —podría ser yo quien finalmente descubriese lo que le pasó a Kathy— me sobrecogieran, y regresé al mismo sitio web. Ella era sorpresivamente fácil de encontrar. Participaba en muchos videos bajo seudónimos como Katty Kathy, Kitty y similares.

Fue inútil. Todos los videos tomaban lugar en el mismo sótano, en la misma cama. Los videos eran todos iguales, más o menos. Kathy usando trajes. Kathy y otra chica. Kathy y dos hombres. Otros videos utilizaban intereses más radicales, como Kathy teniendo relaciones con un minusválido o algún actor vestido de caballo, pero no me molesté en verlos.

Sin embargo, Kathy nunca hacía juego de roles de manera activa, incluso cuando usaba trajes de enfermera o lo que sea. Ni siquiera hablaba en ninguno de sus videos. Me di cuenta de que apenas hacía sonidos —no gemía ni respiraba agitadamente—. Cuando otros actores la penetraban o utilizan otras cosas para hacerlo, no había ninguna reacción de parte de ella además del ocasional ceño fruncido.

Y, de vez en cuando, ella veía hacia la cámara. No era una mirada de enojo o resentimiento, o de súplica, como uno esperaría de alguien que estuviera siendo forzado a participar en porno. Al final, la identifiqué.

Era resignación.

Tuve que dejar de ver sus videos después de eso. Ahora estaba seguro de que eso no respondía a su voluntad, que ella había sido capturada y encasillada dentro de esa vida. Pero no había forma de que lo demostrara o de descubrir en dónde estaba.

Reporté los videos a la policía, pero nada salió de ello. Dijeron que no había manera de probar con seguridad quién era la chica de los videos. Yo sabía que era Kathy; ellos solo habían decidido hace mucho tiempo que Kathy estaba muerta y que el caso había terminado.

Traté de presionarlos, pero me dijeron que me detuviera. «Niño, piensa en sus padres. ¿Porno? Para muchos, creer que tu hija está muerta es más confortante».

Rastreé a la familia Ritter. Mi mamá me dijo que sus nombres eran Harry y Laura Ritter, y una búsqueda rápida de Google me dijo que vivían en Oregon.

—¿Señora Ritter? —dije cuando una mujer contestó el número de teléfono en listado en las páginas amarillas—. Soy Max Page.

—Hola, Max —respondió, cautelosa. No me recordaba.

—Vivíamos en el mismo vecindario —le expliqué—. Conocía a su hija. Creo que la encontré.

La mujer escuchó en silencio mientras le dije lo que había descubierto y con cuál sitio web lo había hecho.

—No es mi intención hacerla sentir mal. Pero su hija está viva. Apuesto que la encontraría si va a la policía.

Clic. La mujer me colgó la llamada.

Pensé que la policía estaba en lo correcto y dejé de tratar que los vídeos recibieran atención. Dejé de visitar la página y traté de olvidarme de ello.

Pero luego recibí un correo. Era de uno de los administradores del sitio web anunciando que tenían una actualización nueva. Ligeramente desagradado por que aún tuvieran mi información, entré en el enlace rápidamente para poder borrar mi cuenta, y fue ahí cuando entendí a lo que se referían con la actualización. Era porno gore.


Casi ignorante de lo que hacía, y con una sensación helada de terror sumergiéndose en mí, hice clic para confirmar mis miedos. En el primer vídeo aparecía Kathy.

Nunca lo quise ver, pero sabía que tenía que hacerlo, porque el título del vídeo tenía mi nombre en él: «Para Max».

Kathy, temblando y llorando, acostada en la cama. Un hombre la estrangulaba sosteniendo un cuchillo.

«Repite lo que te dije», comandó alguien desde afuera del ángulo de la cámara.

«Esto es para ti, Max Page», pronunció Kathy. Y luego un alarido inhumano cuando el hombre desgarró su abdomen con el cuchillo. Introdujo su mano en la herida, ocasionando otro bramido, y jaló hasta que sus intestinos —y al menos uno de sus órganos— se derramaron sobre la cama.

Vomité a mi costado antes de cerrar el video. Kathy estaba muerta por mi culpa. Nadie me había creído cuando dije que era Kathy, y ahora estaba muerta…

Y la voz en el vídeo. La reconocí inmediatamente. Era la misma voz que contestó el teléfono, la voz que pertenecía a la mamá de Kathy.

Historia por – philosophygeography

Traducción por -Tubbiefox
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Sueño en Serie

21 Octubre, 2017 creepypasta, miedo, terror

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Historia escrita por – Ignacio Castellanos

Él formaba parte del porcentaje menguante de consumidores habituales de sueños a la carta, vendidos con o sin receta -dependiendo de los ingresos del ciudadano- por la empresa Dulces Sueños. Él había visto cómo aquellos sueños exquisitamente hilados de manera artificial en la red neuronal del consumidor, habían cambiado por completo la vida de las personas, convirtiendo cada escena de su vida en uno de ésos anuncios repletos de caras alegres, familias felices, y vidas perfectamente encaminadas. Pero lo que él había visto de primera mano era un manojo de inseguridades, necesitado de respuestas fáciles y manidas. Los hijos de todos aquellos consumidores duros de los sueños en serie, sufrieron los peores efectos, ya que eran incapaces de soñar; sus hijos habían heredado la incapacidad para soñar, algo que sus padres habían logrado a golpe de cirugía cotidiana.

Era tal la normalización de algo tan antinatural, que él, comenzó a sufrir una marginación social como nunca antes había vivido. Él no comprendía cómo aquellos que consideraba personas sanas y cuerdas, se sometían por propia voluntad a una cirugía que les convertía a largo plazo, en unos seres incapaces de soñar por cuenta propia.

Algunas personas compraban sueños pornográficos, la mayoría tabúes que en su vida diaria serían delitos, como violaciones y asesinatos. Otros compraban sueños en los cuales su vida estaba resuelta, y la autorrealización se encontraba a la vuelta de la esquina. Pero un día, tras dos generaciones de consumidores, comenzaron a suceder una serie de accidentes con los sueños en serie que nunca antes había ocurrido. Muchos de los que despertaban, parte de su cerebro permanecía en estado de sueño. Cinco personas murieron pensando que podían volar, y otros dos se mataron tras soñar con un suicidio. Él observaba todo esto con terror. Él nunca había estado tan solo en toda su vida. 

Tras éstos “accidentes”, muchas empresas que recibían subvenciones por parte de Dulces Sueños, comenzaron a sustituir los derechos de sus trabajadores, por dosis diarias y gratuitas, de sueños en serie. Él, con reticencia y miedo aceptó, pues de lo contrario hubiera sido puesto en la calle. El sueño en serie, ahora era un beneficio y derecho que debía ser aceptado sin reservas por el trabajador. 

Él escogió el sueño estándar “descanso reparador”, pero cada noche, soñaba que mataba y abría en canal a su mujer y sus dos hijas, tras lo cual, se ponía a mascar palillos mezclados con trozos de cristal, destrozándose la boca y muriendo finalmente de hemorragia interna. Así cada noche. 



Aunque se quejaba y pedía un cambio de sueño, cada día, el psicólogo de la empresa negaba con la cabeza y le aseguraba que aquella noche sería diferente. Pero aquella noche no había sido diferente, aquella noche había vuelto a soñar que abría en canal a su mujer y sus dos hijas entre gritos y resbaladizas escenas oníricas a causa de la sangre y las tripas de su familia. Al día siguiente, él acudió al trabajo cubierto de sangre, con la boca repleta de trozos de madera astillada, la cara llena de arañazos, y un cuchillo en la mano derecha. 

Según el psiquiatra y el equipo de psicólogos que lo habían atendido, aquel asesinato había sido el producto de un deseo latente en su inconsciente, nada que lo ligara con su consumición de “descanso reparador”. Mientras, en la televisión de la cafetería, un hombre de rostro saludable anunciaba el incremento de los ingresos en la compañía más influyente del planeta, Dulces Sueños, pues todos aquellos casos de supuestos brotes violentos, presuntamente ligados a su producto de consumo mundial, y considerado ya un derecho humano, habían sido neutralizados, curados o aislados para su tratamiento psiquiátrico, con el fin de someterlos a estudio y prevenir incidentes similares en el futuro.

Él escuchó en alguna radio o televisión lejana la voz del presentador:

“De parte de toda la familia que compone Dulces Sueños, gracias por ayudarnos a cumplir todos vuestros sueños”

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Una historia de fogata | A Campfire Story.

21 Octubre, 2017 creepypasta, miedo, terror

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Por muchos años fui un consejero de campamento durante la noche en los Muskokas. Lo amé más que cualquier trabajo que he tenido, a pesar de la paga inexistente, los campistas molestos, los días largos y las noches cortas, la comida de mierda, etcétera. Pude contar muchas historias de terror. No había nada mejor que estar alrededor de una fogata apagada con un puñado de niños de secundaria que demandaban las peores y más sangrientas historias que sabía. Y las conté todas: la niñera y la estatua de payaso espeluznante, el conductor y el despachador de gasolina horripilante, la mujer y su perro que lamía, el amigo por correspondencia.

Guardé mis mejores historias para los viajes por la noche que hacíamos en el Parque Algonquin (para los que no son canadienses, es un parque gigante en el medio de Ontario con casi ocho mil kilómetros cuadrados) cuando los días se pasaban en canoa por lagos prístinos y las noches se pasaban alrededor de la fogata, cantando y quemando malvaviscos, haciendo más ruido que nunca. Una vez que los niños se calmaban, les contaba historias de un acosador en el bosque con una cara tan horrible que paralizaba a todas sus víctimas del miedo, o del grupo de campistas que decidió pasar la noche frente al lago de un asilo para los enfermos mentales que estaba abandonado (¿O NO?) .

En esta noche particular, había terminado los cuentos —insistiendo una vez más con que eran ciertos— y envié a los campistas a sus tiendas. Había sido un día exhaustivo y ninguno de los seis niños estaba de humor para quedarse hasta más tarde. Mi amiga consejera también decidió irse a dormir, dejándome solo en un tronco caído junto a la fogata apagada. Tomé un respiro profundo del aire fresco con esencia de pino, y miré al lago. La luna parcial reflejaba la luz cristalina, y en el otro lado podía ver acantilados de muchos metros de altura. Consideré que podíamos ir en canoa, escalar un par de docenas de pies y hacer saltos de acantilado. Sonreí. El director del campamento me sacaría la cabeza si hacíamos eso. Si es que se enteraba.

Un movimiento en la punta de los acantilados atrajo mi vista. Había una pequeña luz flotando a lo largo del pico. Primero pensé que era una estrella, pero era más grande y tenía un resplandor dorado. Lentamente, se movía hacia atrás y adelante formando un arco pequeño. Mientras permanecía sentado y la miraba, apareció otra junto a la primera, flotando a lo largo de la punta del acantilado. Luego otra. Y otra. Y unas más.

Mi estómago cayó a mis pies. Tomé mi bolso y saqué mi cámara digital. Luego la enfoqué en los pequeños orbes resplandecientes y usé la función de zoom. Las conté. Y las conté de nuevo.

—Oh, mierda.

Me había levantado rápido y corría hacia las tiendas.

—¿Ey, chicos? Despierten. Debemos irnos.

Había movimiento en las tiendas, y luego tuve siete cabezas confundidas mirándome. Mi coconsejera tenía una mezcla de preocupación y rabia pura.

—Odio hacer esto —continué—, pero las nubes están viéndose muy amenazadoras. Hay una gran tormenta acercándose. Si nos atrapa, arruinará nuestro viaje.

—¿En serio? —preguntó Laura, mi coconsejera—. Estamos en el medio del bosque. ¿Adónde iríamos?

Saqué un mapa y una linterna de mi bolso.

—Hay una estación de guardabosques a unos kilómetros hacia el sur —Tracé el camino en el mapa con mi dedo—. Podemos llegar ahí en un par de horas.

Los campistas gruñeron.

—¿No podemos ir en la mañana?

—¡No! —grité; mi voz hizo eco a través del lago. Bajé el tono—: Pronto, empaquen todo y vámonos. Les contaré una historia en el camino —Sonreí, aunque podía sentir a mis labios temblar—. Es la mejor.

Eso pareció apurarlos, y, después de menos de diez minutos, las tiendas estaban guardadas y habíamos empezado nuestra excursión en el bosque con solo la guía de linternas pequeñas. Cuando estaba seguro de que nos estábamos moviendo a un paso rápido, me permití relajarme y empezar a contar mi historia de fogata favorita:




Siglos antes de que los europeos llegaran al país, estaba poblado con personas de las Primeras Naciones. Habían hecho sus viajes a través de Canadá occidental, siguiendo los rastros de migración de grandes animales como el búfalo o el bisonte. Al final, llegaron a Ontario; en ese punto se separaron en grupos más pequeños de viajeros, cada uno buscando una sección de tierra para tomarla.

La leyenda dice que un grupo —conformado de unos veinte hombres, mujeres y niños— se había aventurado en esta misma área para buscar un lugar al que pudieran llamar su hogar. Aunque ni siquiera era finales de octubre, el clima había dado un giro abrupto, y, mientras el grupo viajaba por el lago, una tormenta de nieve los golpeó. Dentro de una hora, el grupo se encontró ante nieve cegadora y temperaturas de menos de cero grados. La ropa que tenían puesta había sido fabricada para el otoño, no para ese tipo de clima, y no había chaquetas de ganso canadiense en esa época. Pero ellos siguieron adelante. No tenían otra opción.

La noche estaba cayendo cuando llegaron al farol de un acantilado, el cual se elevaba sobre un lago frío y agitado. No había nada que parara a este grupo; morirían si no pasaban los acantilados. Pero con la oscuridad levantándose y la nieve cayendo aún más fuerte, la visibilidad era casi inexistente. Así que uno de los ancianos tuvo una idea. Usando el poco de queroseno que tenían, encendió una linterna para cada uno de los viajeros e hizo que las llevaran frente a ellos. No para que pudieran ver los acantilados, sino para que pudieran ver quién estaba delante suyo, permitiendo que todos se siguieran entre sí a través de los anchos riscos.

Con el más fuerte de los hombres llevando la delantera, el grupo empezó a cruzar los acantilados. La nieve congelada y mojada empapó cada hueso de sus cuerpos. El viento duro enfriaba cada piel expuesta y amenazaba con empujarlos justo hacia la piedra. Su camino no era más ancho que un par de pies, y hubiera sido resbaladizo hasta para las mejores botas de montar o mocasines extravagantes. Lentamente, laboriosa y lentamente, llegaron hasta el final de los acantilados, rezando por que lo que estuviera en el otro lado pudiera refugiarlos de la intensa tormenta.

Estaban a media altura, cientos de pies sobre el lago, aunque estaba muy lejos de sus miradas. De hecho, todo lo que podían ver en esa tormenta cegadora era la linterna frente a ellos, actuando como un faro para guiar sus pasos. Si la luz se movía, ellos se movían. Si bajaba, ellos bajaban. Cada uno de los viajeros estaba casi en un trance, importándoles solamente el orbe resplandeciente a unos metros delante de ellos.

Para el líder, sin embargo, no había tal privilegio. Proseguía sin ver, sintiendo el acantilado con su mano libre, aunque su piel estaba tan entumecida que casi no podía sentir nada. Mientras el camino se curvaba de nuevo, hizo un paso en falso y tropezó en tanto una brisa del viento le daba en la espalda. Desesperadamente, trató de agarrarse, pero sus dedos congelados no pudieron atrapar nada. Con un grito terrorífico, se resbaló del acantilado y cayó al lago negro y frío.

El resto del grupo no lo vio caer, obviamente. Todo lo que vieron fue su orbe resplandeciente cayendo del risco y desapareciendo en la oscuridad.

No había tiempo para estar de luto. Continuaron, pero la tormenta empeoraba. Luego de otro minuto, uno de los niños, con su cuerpo incapaz de contener el frío, cayó; su linterna brilló hasta que el lago agitado se la tragó. Otro, viendo esto, perdió su balance y cayó. Este patrón siguió hasta que solo quedaron cinco personas revolviéndose en la oscuridad, siguiendo la luz frente a ellos.

Aunque se esforzaron, los acantilados eran implacables. Los hombres restantes terminaron siendo cuatro. Luego tres. Luego dos. Y luego solo quedó uno, quien, según la leyenda, maldijo a la Tierra mientras sus piernas se resbalaban y caía cientos de pies abajo. Su linterna fue la última en ser extinguida.



—De los veinte miembros que trataron de superar los acantilados —terminé—, ninguno sobrevivió. Dicen que, a veces, cuando las condiciones son las correctas, puedes ver orbes de luz a lo largo del acantilado, símbolos de los viajeros perdidos que nunca encontrarán sus hogares.

Mientras la historia finalizaba, dejando a los campistas en un extraño silencio, vi luces al frente. Una ola de alivio me inundó. Apuramos el paso y encontramos la estación de guardabosques llena de gente corriendo alrededor, cargando camiones y gritándole a las radios. El viento empezaba a ser muy fuerte y escuché truenos en la distancia.

—¡Ey! ¡Niños! —Un hombre grande, fuerte, con una gran barba y bigote corrió hacia nosotros—. ¡Métanse en los camiones! ¡No tenemos mucho tiempo!

Laura y yo llevamos a los niños a uno de los camiones.

—¿Qué está pasando? —le pregunté al hombre.

—¿No lo escuchaste? Hay una gran tormenta para nuestra área. Ya hay alerta de tornados. Estamos llevando a todos afuera. ¡Vamos!

Trepamos al camión, y colapsé, sintiéndome como si me hubieran dado un golpe en las tripas. El guardabosque trepó al frente y tomamos un camino hacia la ruta. Mi cabeza estaba girando. No era posible…

—¿Cómo…? —Laura se sentó a mi lado, manteniendo su voz baja—. ¿Cómo supiste que teníamos que irnos de ahí?

La miré. Mi cara se sintió desprovista de sangre:

—Vi las luces.

—¿Qué? ¿Cómo es posible? —ella jadeó y luego recobró el sentido—. ¿Cuántas?

Tomé un respiro profundo:

—Ocho.

Miró a los campistas, que estaban ahora tendidos, dormidos a pesar de la ruta con baches.

—Esos somos todos nosotros. Dios mío…

Asentí y me acerqué a ella. Laura ya había escuchado la historia de los viajeros, y sabía que me había saltado una parte importante. Las luces eran reales, pero no eran aleatorias. Si estaban brillando —flotando de adelante hacia atrás, formando un pequeño arco— era porque tenían un mensaje. Una advertencia.

Una luz brillaría por cada persona que iba a morir.

Historia escrita por – vital_dual
Traducida por – Spoby.
Historia Original – A Campfire Story 

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LA INVASION DE LOS ALIENS MICROSCOPICOS

21 Octubre, 2017 creepypasta, miedo, terror

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Historia escrita por – Martin González

Hola me llamo Martin, aunque mi nombre es relevante. Os voy a contar una historia, la cual dejare que ustedes piensen si es verdadera o falsa…

Yo me crie en un pueblito llamado Arrieta, solía salir de aventuras con mis primos,  yo mi hermano Jacob y mis dos primos Aco y David y nos creamos un grupo llamado “comando-soft” en esa época tendría yo unos 12 años…

Mi pueblo es un pueblo costero que esta junto al mar, las casas se fueron construyendo, bordeando la marea, antiguamente era un pueblo donde todos los habitantes se dedicaban a la pesca, bueno aún siguen dedicándose a la pesca.

La primera aventura que hicimos fue a unos riscos, están al terminar una playa llamada la garita, y fue donde todo comenzó a resultarme extraño.

Recuerdo el día anterior David mi primo que era el jefe y que siempre nos metía en líos, nos reunimos en su casa, David vivía en la ciudad de Arrecife que estaba a 25 kilómetros y solía venir los fines de semanas con su madre, al pueblo de Arrieta. Siempre hacíamos cosas, nos metíamos en casas abandonadas de noche, jugábamos al escondite, en fin juegos de niños. Ese día decidió, que por la mañana temprano, preparáramos las cosas y fuéramos a investigar los riscos. Toda esa obsesión fue por que escucho hablar a su padre de que vieron unos muñecos con los que se hacían vudú antiguamente. El padre solía ir a pescar con el mío a los riscos, estaba como a 10 kilómetros del pueblo.

Por la mañana temprano, mi madre no le gustaba que fuera a ciertos sitios, y menos aún a unos riscos, donde está lleno de rocas y un resbalón que te dieras podrías hacerte muchísimo daño. Le dijimos que íbamos a la montaña y llegaríamos por la tarde.

Desperté a mi hermano Jacob y mientras él se preparaba  fui a casa de mis primos que su casa estaba pegada a la mía.  Aco mi otro primo estaba preparando las pistolas, las escondía el en su casa, porque su abuela tenía un garaje y pues tenía un buen escondite. Teníamos  4 pistolas de aire comprimido, era por precaución por si nos salía algún perro peligroso, a algún otro peligro.

Después de un rato con ellos, revisamos que tuviéramos todo lo necesario, cuerdas agua, todo lo necesario para una aventura. Mi primo Aco era muy organizado y tenía una lista que revisábamos siempre antes de salir, todo muy profesional.

Nos despedimos de la familia, y empezábamos la aventura, a mitad de camino Jacob mi hermano se resbalo y  se desparramaron por el suelo unos hierros que eran la base de las tiendas de campaña, era el que más peso llevaba, y se cabreo negándose a cargar con todos los trastos, entonces al estar a medio camino, ya faltaba 4 kilómetros para llegar a la playa donde estaba el risco, lo escondimos bajo un árbol, no teníamos problemas de que nos lo robaran, porque por esa zona no solía pasar gente. Y aparte no necesitaríamos la tienda de campaña ya que son todo acantilados de piedra.

Por fin lleguemos a la playa, y descansemos unos minutos, la marea estaba bajando y es importante porque si sube la marea,  y nos pilla dentro, nos podríamos quedar atrapados.

Nos fuimos adentrando por los riscos, y a mitad de camino, vimos 2 muñecos de vudú, pero eran extraños eran completamente rojos, del color rojo sangre, eran como robots de madera y estaban encima de una roca, la roca era completamente cuadrada, muy raro ya me empezó a parecer todo. Aco David y Jacob estuvieron bromeando, como hablando con los muñecos, hasta que como siempre mí primo David le empezó a tirar piedras, y quería romperlos.

Una de las piedras que tiro le dio al muñeco, y le rompió la cabeza, y en ese momento empezaron a salir de la cabeza del muñeco, como polvo, como si fuera una bomba de humo, pero en polvo. Mis dos primos y mi hermano empezaron a toser, yo rápidamente moje un pañuelo que tenía y me tape la boca y nariz para no respirar ese polvo. Mis primos y mi hermano se empezaron a sentirse cansados, decían ese polvo debe estar contaminado o algo y simplemente se quedaron sentados con los ojos abiertos y mirando a los muñecos. Yo les gritaba que nos fuéramos que se levantaran, que teníamos que volver, por que la marea estaba empezando a subir y corríamos el riesgo de quedarnos atrapados.

Ellos no me hablaban solo se quedaron sentados mirando los muñecos, entonces cuando los muñecos dejaron de soltar ese polvo, me acerque y los tire al mar. Pero nada, mis primos y mi hermanos seguían sentados y mirando a la roca cuadrada donde estaban los muñecos. Me acerque a mi hermano y le agarre fuerte por los brazos y moviéndole bruscamente, y fue cuando, de repente empezaron a decir, que hay una especie de grieta detrás de la roca, y decían que teníamos que entrar. La verdad no recuerdo ver esa grieta, quizás me concentraría mirando a los muñecos, de todas formas era una grieta muy fina imposible entrar por ella. Estaba buscando en la mochila una linterna para ver mejor de que se trataba, cuando David se sienta encima de la roca cuadrada, y se oyó un ruido como si se cayera una cadena, y la grieta se abrió más.

Yo no quería entrar en esa grieta, quería volver a casa y contárselo a mis padres, pero la marea subió muy deprisa y era imposible poder volver. Nos quedemos allí sentados porque esa zona era la más segura porque si subiera el agua mucho más, podríamos meternos en la grieta. Mis primos y mi hermano allí sentados empezamos a sacar conclusiones y dijeron que seguramente sería gases que usaban en la guerra, y los escondían en esos muñecos. Yo no pensaba con claridad, todo aquello me daba escalofríos, y ellos estaban muy, notaba que hablaban entre ellos cosas para que yo no les oyese, y todo me empezaba a resultar extraño.

La marea empezó a subir mucho más, el mar estaba picado y decidimos entrar en la grieta. Al entrar en la grieta se notaba un olor imposible describir,  eran unas especies de escaleras de piedra que se adentraban dentro de la montaña del acantilado, al llegar a la parte final de las escaleras vimos que volvían a bajar, y al mirar por las escaleras abajo hacia el final vimos que salía una luz muy fuerte, como si miramos al sol así de fuerte. Yo les decía que no siguiéramos que volviésemos, pero me di cuenta que no podían oírme, y yo al hablar tampoco, me podía oír, todo se quedó en silencio, yo chillaba pero todo estaba en absoluto silencio. De repente las escaleras se juntaron creándose una rampa donde todos empecemos a caer hacia esa luz de repente de la luz una voz muy ronca demoniaca y fuerte me dijo. ¡Tu no!, ¡Tu no!, ¡Tu no!, ¡Tu no!

Desperté de repente en mi cama, Me sentía muy aliviado pues todo fue un sueño. Mi madre entro en el cuarto diciéndome que me diera prisa que perdería el autobús de la escuela. Y le dije que se equivoca que era sábado, ella se rio y diciéndome. Tú lo que no quieres ir a la escuela… Me quede en estado de shok, no podía ordenar los pensamientos, no entendía que paso ¿fue todo un sueño?

CONTINUARA…

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“EL PACTO DE LÁZARO”

2 Septiembre, 2017 creepypasta, miedo, terror

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Historia escrita por – Fernando Solano

– ¡Lázaro, ya levántate! – exclamó mi madre con un grito que llegaba hasta la calle.
– ¡Ya voy! – respondí.

Pero bueno, no sé porque mi madre insiste tanto en que yo vaya a la iglesia, no comprendo esa necedad por parte de los padres de tener que acudir a un lugar donde según es la casa de un dios todo poderoso que creo la tierra y todas las cosas que habitan en ella, incluyéndonos. El punto es, ¿por qué se aferran nuestras madres en acudir a dicho lugar?…

– ¿A qué hora Lázaro?, ¿crees que tengo tu tiempo? – decía mi mamá con un tono de molestia.
–  ¡Ya, ya, ya… vámonos! – le decía a mi mamá mientras caminábamos hacía la iglesia.

Bueno, ya estamos aquí en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, lo único bueno, son las nieves de don Francisco, son riquísimas, creo que lo compensa la levantada de mi cama en domingo.

Volteó y me pregunto ¿qué hace toda esta gente repitiendo oraciones y cantándole a un personaje ficticio?, ¿Cómo es posible que se dejen manipular tan fácilmente?. La verdad es que la iglesia es fantástica, tiene muchos detalles bastante hermosos, pues como no, con todas las limosnas que recaudan de lunes a domingo se puede juntar bastante dinero como para poner cinco iglesias más.
El punto es que no creo ni en dios, ni en el famoso satanás, o como mi abuela lo llama: Lucifer. Se me hace tan patético que la gente pueda creer y temer a estos personajes tan falsos, pero bueno, cada quién es libre de creer lo que se le dé la gana.

– ¡Lázaro! – me dice mi madre, con un tono de murmullo:
Requiero que pases a recoger unos papeles  a la casa de tu abuela, ahorita que salgamos de misa.
– Esta bien – le respondí.

No sé por qué, pero la calle de mi abuela me pone un poco nervioso, sobre todo por la casa de a lado, esa vieja propiedad me causa bastante intriga. Su energía que emana me pone un poco mal, sus paredes grises y viejas me hacen tener pesadillas en las noches más tormentosas. Recuerdo que cuando era más chico, escuchaba historias un poco macabras acerca de su dueño. Lo poco que sé es que el propietario es un viejo veterano de guerra, que cuando regreso de pelear del centro de África, no volvió a ser el mismo, bueno eso dicen sus vecinos, sobre todo mi abuela.

– Toc, toc…
– ¿Quién es? – exclamaba una voz un poco cansada.
– Soy yo abuela, Lázaro. Vine a recoger unos papeles de mi mamá – le respondí.
– Pásale, hijo. Iré a buscar los papeles. ¿No quieres un vaso de té helado antes de irte?.
– ¡Gracias abuela!, pero tengo un poco de prisa. En ese momento no me quede con la duda y le pregunte: Abuela, ¿qué sabes del señor de la casa gris?
– Pues no mucho, hijo. Solo sé que es un viejo soldado que regresó, la verdad es que no tiene familiares, vive solo, muy pocas veces lo he visto salir, cuando sale, siempre se cubre con una capucha negra, como si no quisiera que le diera el sol. Pero, repito… solo lo he visto un par de veces, es muy reservado, y al parecer no le habla a nadie.
– ¿Qué antipático, no crees abuela?.
– Hijo, no lo podemos juzgar. Aparte recuerda que es una persona mayor, no tiene familia y aparte viene de la guerra, la guerra cambia a las personas.

Después de unos minutos mi abuela me dio los papeles, y salí de su cálida casa. Cuando iba pasando en frente de la casa gris, me pude dar cuenta que se movía la cortina de una de las ventanas que daban hacía la calle. En ese momento mi cuerpo se puso helado, como si una horrible tormenta de nieve me hubiera alcanzado. Cundo me di media vuelta me percate que una persona me pedía ayuda.

– ¡Auxilio, auxilio…!, que alguien me ayude – exclamaba una persona con una voz ronca al interior de la casa gris.

Cuando entré, me percaté que había un anciano de estatura pequeña, se encontraba tirado a un lado de una vieja mecedora.

– ¿Está bien, señor? – le preguntaba mientras lo ayudaba a levantar.
– SI, gracias por acudir a mi auxilio – me respondía con una sonrisa un tanto macabra.

Cuando lo coloque cerca de la ventana, pude ver su aspecto, el cual me estremeció. La piel de su rostro era pálida y azulada, como si no le hubiera dado la luz en meses, tenía el cabello blanco (el cual solo cubría algunas partes pequeñas de su cabeza), tenía una pequeña barba de chivo, pero sobre todo, lo que realmente me asustó fue su mirada penetrante y llena de maldad, eso ojos jamás los olvidaré, eran pequeños, de color amarillento, como si fueran dos canicas. Me quede petrificado…

– ¿Todo bien?.
– Si, todo bien.
– Te pregunto porque parece como si hubieras visto al mismísimo diablo en persona – me lo mencionaba el anciano con una sonrisa un tanto burlona.
– No señor, para nada. Todo bien, lo que pasa es que me sorprendió verlo tirado y darme cuenta que nadie estaba cerca para ayudarlo.
– No hay nadie, porque vivo solo. ¿Cómo te llamas muchacho?
– Lázaro, señor.
– Mucho gusto Lázaro, mi nombre es Lucio. Por cierto te agradezco mucho por tu ayuda.
– No hay que agradecer – le respondía con un poco de prisa.
– Lo siento, me tengo que ir. Que tenga usted un excelente día y tenga mucho cuidado – me encaminaba a  la salida, al mismo momento que me despedía.
– Hasta luego, Lázaro. Ya nos veremos más adelante – me despedía mientras una carcajada tenebrosa salía de su boca seca y pálida.

 Esa misma noche me encontraba pensando en lo que había sucedido, en la situación del anciano, pero sobre todo en el aspecto que tenía. Eran las 12:00 de la noche y no podía dormir, al recordar al anciano me causaba una sensación de miedo y ansiedad, tuve que tomar una pastilla para poder dormir. Esto no era normal.

Al día siguiente me preparaba para ir a la universidad, y seguía pensando lo ocurrido el día de ayer.

– ¡Lázaro! – gritaba mi madre.
– ¿Ahora qué mamá?.
– Estos no son los papeles que te pedí, saliendo de la universidad, quiero que pases de nuevo con tu abuela, y me los traigas – me decía mi mamá mientras yo hacía muecas de enojo y frustración.

Ya en la universidad…

– Oye, Lázaro. ¿Vas a ir a la casa de Michelle esta tarde? – me preguntaba mi amigo Roberto cuando salíamos de la clase de filosofía.
– No puedo, Roberto. Tengo que ir por unos papeles a la casa de mi abuela.
– ¿Te vas a perder la reunión?. Michelle va a estar esperándote.
– Lo sé, pero mi mamá me lo pidió. Voy hacer todo lo posible por llegar más tarde.

Llegando a la casa de la abuela, me encontraba con una nota de ella que decía:

“Lázaro, hijo… regreso a las tres de la tarde,  no te muevas de ahí. Besos, tu abuela Gloria.”

– Perfecto, ahora a esperar. ¿Así o más aburrido? – gritaba con enojo mientras pateaba una lata de refresco que se encontraba en la entrada del  pórtico de mi queridísima abuela.

De repente me di cuenta que la puerta de la casa de al lado estaba abierta. En eso me entro un momento de curiosidad, pero a la vez de miedo, sin embargo, no lo pensé más y entre, fue como si una fuerza de atracción tuviera poder sobre mí. Ya estando adentro me di cuenta que la casa estaba vacía, que lo único que había era la mecedora vieja del otro día, en medio de un símbolo muy extraño. La situación empezó a ponerse un poco tenebrosa ya que no había nadie. La casa estaba con poca luz, había un olor peculiar, una combinación de huevos podridos y humedad; de pronto…

¡Zaz!… – un fuerte ruido me hizo saltar como gato asustado.
¡Hola!, ¿cómo estás, Lázaro? – me preguntaba el anciano de la otra vez.

– Que tal… yo bien, este… perdón – yo respondiéndole en un tono un tanto nervioso y apenado.
– ¿Por qué te disculpas, Lázaro?.
– Porque entre a su casa sin ningún permiso, señor.
– No te preocupes, y no me digas señor, dime Lucio… Además recuerda, las puertas estarán siempre abiertas para ti – me lo decía el señor Lucio, mientras se le hacía una sonrisa en su rostro pálido.
– ¿Cómo está tu abuela, Lázaro?
– Bien, gracias. No se ofenda, ¿pero como sabe de mi abuela?
– No hay que ser mago para averiguarlo, digo soy su vecino, y te he observado. A mi parecer eres un jóven un tanto rebelde, pero inteligente. Alguien que quiere lograr alcanzar todas sus metas, de la manera que sea. ¿Es cierto  o me equivoco?
Me quede pensativo, mientras lo miraba fijamente con una expresión de incredulidad. – Yo creo que todos quieren alcanzar sus sueños más anhelados, ¿no lo cree don Lucio? – le respondía con un tono un tanto sarcástico.
– Por supuesto, sin embargo, no todos tienen la fuerza, y la valentía para asumir riesgos, y hacer sacrificios para alcanzar sus sueños más anhelados.
– ¿Qué estarías dispuesto a dar a cambio de alcanzar tus sueños, Lázaro? – me volvía a cuestionar Lucio.
– Lo daría todo, don Lucio. La realidad es esa, lo daría todo.
– ¿Hasta tu vida, Lázaro?
– Yo podría ser ese mentor que te llevará a cumplir todos tus sueños. Claro que todo tiene un precio – me hacía mención don Lucio.

 En ese momento en mi cabeza empecé a cuestionarme acerca de cómo un señor tan viejo y por lo que veía, tan pobre, me iba a poder ayudar a alcanzar mis metas que me había propuesto. Pero lo que me metió en controversia fue que me preguntara si estaba dispuesto a dar mi vida, pero bueno, lo tome como una clase de metáfora para ilustrar la perseverancia.

– ¿Dudas de mí? – me preguntaba, mientras interrumpía mis pensamientos de ese momento.
– Para nada don Lucio, ¿me está diciendo que usted podría ser mi mentor?
 – Si, si así tú lo deseas…
– Solo te recuerdo que nada es gratis en esta vida, que todo tiene un precio y se tiene que pagar…
– Pero por supuesto, ya decía yo. Nada es gratis – pensamientos negativos empezaron a invadir mi mente, mientras yo fruncía  mi rostro.
– Tranquilo, Lázaro. No te estoy pidiendo dinero. Ya después sabrás como quiero que me pagues. Antes que nada dime, ¿qué meta te gustaría cumplir en estos momentos?… Te demostraré de lo que soy capaz de hacer.
– Ok… – le respondí.
– Tengo una situación un poco difícil, requiero dinero para poder ayudar a mi mamá con la hipoteca de la casa. No sé cómo conseguirlo, he buscado trabajo, pero aunque tenga trabajo, sé que no será de gran ayuda – le explicaba a don Lucio, con un poco de escepticismo.

– ¿Cuánto es el dinero que necesitas?.
– Necesito la cantidad de $250,000.00 mil pesos para cubrir la deuda de la hipoteca.
– De acuerdo, regresa mañana después de la escuela – me decía, mientras se encaminaba a un cuarto un tanto obscuro dentro de la casa.

Al día siguiente hice las cosas que siempre, levantarme, desayunar, ir a la universidad, etc, sin embargo, en mi cabeza rondaba la cuestión de si ir o no a visitar a don Lucio. La verdad es que no sabía que hacer, mi escepticismo me planteaba la idea de que ese señor era alguien que no podría ayudarme. Deje de tener todo tipo de pensamientos negativos, y decidí ir a su casa, ¿qué podría perder?.

– Toc, toc…
– ¡don Lucio, soy Lázaro! gritaba con nervios, como si lo siguiente que fuera a pasar sellaría mi vida para siempre.
– Pasa, Lázaro. ¿Cómo te encuentras?.
– Bien, gracias.
– Muy bien, ¡toma! – en ese momento me entrego una especie de moneda de oro bastante grande.
– ¿Qué es esto? – le preguntaba, mientras admiraba dicha moneda.
– Es un doblón de oro, del tiempo de la Revolución de México.
– Ok, ¿Y qué haré con esto, don Lucio?.
– Bueno, Lázaro. Con este doblón podrás venderlo para pagar la deuda de tu mamá.
– Gracias, don Lucio. ¿Pero cómo se lo voy a pagar?.
– No te preocupes por eso ahora, ya me lo pagarás de alguna forma… como por ejemplo trabajo.
– Vete ahora, y haz lo que tengas que hacer, Lázaro. Te veo el lunes por la tarde para que me cuentes que tal te fue, y empezar tu entrenamiento.
– De acuerdo don Lucio, nos vemos – salí un tanto alegre, mientras me despedía de él.

Ese mismo día acudí a una casa de empeño, por lo cual resultó que dicho doblón de oro valía mucho más, era una pieza representativa de la época de la revolución. Pague la deuda de mi mamá y me sobro un poco de dinero. Mi madre, se encontraba un poco desconcertada, ¿de dónde su hijo había sacado tanto dinero?. Yo le conté la verdad, le dije que le pagaría al señor con trabajo, sin embargo, ella no me creía, y pensaba que andaba en malos pasos.
Llegó el lunes, y la realidad es que estaba ansioso de ir a ver don Lucio, ¿esto sería el principio de algo bueno, o sería algo momentáneo que no valía la pena invertir tiempo?. No importaba, yo me dirigía a la casa de este señor.

– Don Lucio, ¿cómo está, soy Lázaro?
– Lázaro, que tal. Pasa, te estaba esperando. ¿Cómo te fue con el doblón de oro?
– Muy bien, gracias. A eso vengo, ¿cómo será la forma de pagarle? – le preguntaba a don Lucio.
– Ya te  lo había dicho, Lázaro. Con trabajo y dedicación, recuerda que hiciste un compromiso conmigo, yo te enseñaría todo lo que sé y tú harías todo lo que te pidiera.
– Claro don Lucio, no se me olvida. ¿Qué tengo que hacer? – le preguntaba con curiosidad.
– Bueno, antes que nada me tienes que firmar este contrato de trabajo, si puedes leer los términos…

En ese momento me quede congelado, solo había tres términos en el contrato, y decían de la siguiente manera:

1 ESTE CONTRATO SOLO ES VALIDO EN MUTUO ACUERDO POR AMBAS PARTES, SELLADO POR UNA GOTA DE SANGRE.

2 POR NINGÚN MOTIVO SE PUEDE DESHACER DICHO CONTRATO, A MENOS QUE UNA DE LAS PARTES DEJE DE HABITAR EL MUNDO TERRENAL.

3 LA INOCENCIA ES TU TRIBUTO, TU VIDA ME PERTENECE.
NOTA: PREPARATE PARA RECIBIR UNA VIDA LLENA DE PASIONES, RIQUEZA Y PODER.

Cuando terminé de leer no podía creer lo que decía, incluso llegue a pensar que era una broma.

– ¿Todo bien?, me preguntaba don Lucio.
– Si, todo bien… bueno en realidad tengo duda en todo… emm ¿supongo que todo es simbólico, o no don Lucio? – le preguntaba un tanto nervioso.
– Claro, que todo es simbólico. Recuerda que hicimos un acuerdo. !Toma!- en ese momento me dio una vieja daga de oro – córtate un dedo y firma, Lázaro
 -.En ese momento no lo pensé, tome la daga y firme con mi sangre. No sabía que me estaban pasando, solo lo hice.
– Excelente, Lázaro. Ahora somos socios. Regresa mañana, empezaremos tu entrenamiento. ¡Toma y sal de aquí! – en ese momento me dio una especie de amuleto, el cual tenía varias yerbas con una especie de amarre con un pequeño lazo un tanto desgastado.

Esa misma noche tuve un par de pesadillas, en una veía quemarse viva a mi familia (a mi mamá, hermana y abuela), y en la otra me encarcelaban por un par de asesinatos que según yo había cometido. Cuando desperté precisamente a las tres de la mañana sentía una gran ansiedad y estaba sudando frío. Me percate de algo bastante raro, mi armario estaba abierto, en el cual pude visualizar una sombra humanoide, como si alguien estuviera observando cada uno de mis movimientos, no puse demasiada atención y me  dedique a volver a dormir.
A la mañana siguiente me levante, y cuando me iba a meter a bañar me di cuenta de unos rasguños que tenía en al parte izquierda de mi espalda baja, me qude un poco aturdido ya que no recordaba si me había rasguñado con algún objeto, lo más raro era que parecía haber algo escrito, sin embargo, no podía entender el tipo de lenguaje. Cuando llegue a la universidad me sentía bastante cansado, lo peor es que no estaba de ánimo para entrar a clases, había decidido pasar un rato en la cafetería; Michelle me convenció a pasar un rato en la alberca del campus. Cuando entramos a nadar me percate de la expresión de Michelle, la cual tenía aspecto de miedo y nerviosismo.

– ¿Qué te pasa, Michelle? – le preguntaba con un tono un poco molesto.
– ¿Crees que es un juego, Lázaro?… respeto mucho si crees o no en Dios o en el diablo, pero no es motivo para que te burles… – me respondía de una manera bastante molesta.
– ¿De qué me hablas, Michelle? – la cuestionaba un tanto nervioso.
– ¿Ya viste lo que traes escrito en tu espalda?, está escrito en latín, ¡no es posible que no te des cuenta!.
– Dice: LUCIFER, ALIA IN TENEBRIS VIVAT REX (protegido de lucifer, viva el rey de las tinieblas)

En ese momento no supe que decirle, me quede congelado, ¿cómo diablos había aparecido eso en mi espalda?. No sabía realmente que estaba pasando, ¿esto era un sueño?… estaba bastante asustado, salí de la alberca y corrí a cambiarme.
Después de salir de la universidad no sabía que hacer, quería respuestas, pero no sabía a dónde acudir, sin embargo, me llego una idea a mi mente, la cual era a visitar a don lucio, tal vez el sabría que estaba pasando, y me podría ayudar.

– Don Lucio, don Lucio… – gritaba yo afuera de su casa.
– ¿Qué pasa, Lázaro?.
– Mire lo que tengo en mi espalda… – en ese momento que le mostraba mi herida, se dibujó una enorme sonrisa en el rostro de don Lucio.
– ¿Qué le pasa? – le refute con un tono de molestia.
– Te tengo que explicar todo. Esto es parte del pacto que hicimos.

En el momento que entramos a la casa, entramos al área de la sala, donde había una especie de signo bastante raro, me colocó  en medio y me dijo:

– Eso que traes en tu espalda es una huella, un signo de pertenencia. Fue hecho por tu centinela. – me explicaba don Lucio.
– ¿Centinela?.
– Si, centinela. A partir de que hiciste el pacto (firmaste el contrato), un sin fin de entidades un tanto demoniacas fueron alertadas, por ende es posible que algunas de ellas te molesten, sin embargo, no te preocupes por eso, ya que tu centinela te protege, esa es su función – me explicaba a detalle don Lucio.
– ¿Pacto?, ¿entidades demoniacas? – me hacía muchas preguntas en mi cabeza.
En ese momento no sabía que decir, ni que pensar, ¿todo esto era verdad?. Yo jamás he creído en fantasmas, espíritus, demonios, etc. ¿Cómo yo había entrado en este mundo tan fantasioso?. No sabía diferenciar si esto que estaba pasando era un sueño, la realidad o una broma bien jugada.
– Lázaro, te explico. Te diré quien soy, cual es mi historia – don Lucio me interrumpía, mientras yo me seguía haciendo preguntas al azar sin encontrar una respuesta congruente.
– Soy Lucio, mi nombre completo no importa en estos momentos. Pertenecí a el Sayaret Matkal, unidad de elite de las fuerzas especiales del Estado de Israel. Trabajé en varias misiones de reconocimiento e inteligencia militar. En una de las últimas misiones que me fue asignada, me solicitaron ir a un pequeño pueblo en Nigeria. La misión fue un completo fracaso, por lo cual tuve un accidente muy fuerte, estaba a punto de morir, sin embargo, un amigo que pude hacer en dicho poblado, me llevo con un viejo brujo lucumi, descendiente de los antiguos Yorubas. Estando ahí con él, el anciano me hizo dos preguntas (las dos preguntas más importante de mi vida): ¿Deseas vivir?, si es así… ¿Deseas servir al verdadero amo de la tierra?, por lo cual mi respuesta fue que si a las dos preguntas. Cuando desperté, me encontraba en un poblado cerca de la capital de Nigeria, en una vieja cabaña. Me sentía como si nada me hubiera pasado, mi estado físico era fuerte y con mucha vitalidad, en mi brazo izquierdo tenía un brazalete de caracoles amarrado con un hueso. Para no hacer larga la historia, no volví con los militares, me dedique hacer negocios por toda África y Asia, me fue muy bien, obtuve grandes riquezas, poder y sin fin de mujeres. Claro que todo eso fue cosecha de servir al único amo de la tierra, y por supuesto que todo tiene un precio que se debe de pagar… – me decía don Lucio, mientras sacaba un brazalete compuesto por pequeños caracoles, de un viejo y pequeño baúl.
– Lázaro, para poder acceder a todo ese poder y riqueza, debe ser transmitido por un mentor con conocimientos místicos antiguos de los Yoruba. Tienes suerte de que yo tenga dicho conocimiento, y te lo transmita. Tú aceptaste recibirlo cuando firmaste el pacto. También te quiero decir que al aceptarlo te abres a la posibilidad de que te ataquen muchas entidades de distintos planos, es por eso que tuve que asignarte un centinela para que te proteja en las noches de cualquier alma obscura – continuaba explicándome don Lucio.
Me costaba trabajo digerir todo lo que me estaba diciendo, sin embargo, me empezó a inundar una fuerte ansiedad, combinado con una extraña sed de poder y maldad.

– ¿Alguna pregunta, Lázaro?.

En ese momento se apodero una fuerte energía, la cual creaba pensamientos de avaricia, poder y ego – Si, ¿qué tengo que hacer para acceder a todo eso? – le responda.

– Me agrada que preguntes, tienes que realizar tres tareas. Al finalizar la tercera, podrás acceder a todo el conocimiento, pero sobre todo, al gran poder del amo.
– Comprendo, ¿cuál es la primera tarea?.
– ¡Tienes que quemar tu casa! – me exclamaba don Lucio.
– ¿Qué?… ¿está usted loco?… ¿no le pedí dinero para poder pagar la hipoteca de la casa?, para que después usted me diga que la tengo que quemar. Aparte, es la casa de mi mamá, ¿dónde viviremos?. Sabe, usted está loco, yo no pienso hacer ninguna de esas locuras.

En ese momento don Lucio se me quedo viendo con una mirada penetrante, como si quisiera matarme y quemarme vivo a mi – Repito, Lázaro. ¿Dudas del poder del amo? – me preguntaba don Lucio, con un tono agresivo.

– Si no lo haces, habrá graves consecuencias, si lo haces habrá todo lo contario.

Esa misma noche, me levanté un poco antes de la una de la madrugada, me dirigí a la cocina, le abrí a las llaves del gas y la estufa. Corrí hacia al cuarto de mi mamá y mi hermana para alertarlas del olor a gas.

– ¡Mamá, mamá!, huele mucho a gas. Tenemos que salir de aquí. Voy por Natalia – yo gritaba, mientras entraba al cuarto de mi pequeña hermana y la sacaba de la cama.

Unos minutos después, la casa estalló, derivado de dicha fuga. Nos encontrábamos asustados. Llegó todo el mundo, bomberos, policías, etc. Terminamos llegando a la casa de la abuela, como a las siete de la mañana. Horas después los bomberos habían confirmado la fuga de gas como causa del incendio. Mi mamá se encontraba en estado de shock, yo no sabía que hacer. Lo más prudente era ir a ver a don Lucio para saber cuál era el propósito de lo que  había hecho.

– ¡Toc… toc…!, don Lucio, ábrame, soy Lázaro.
– Pasa, Lázaro. ¿Cómo te fue?.
– Hice todo lo que me dijo, quemé la casa, no se que hacer… – se lo decía en un tono triste y deprimido.
– De acuerdo, acabas de superar la primera prueba. Debemos prepararte para la siguiente prueba  – me comentaba don Lucio, con una sonrisa burlona.
– Lázaro, ¡bebe este té! – me decía, mientras me daba una pequeña taza con un contenido con olor un poco fuerte y penetrante.
Pasamos a un cuarto obscuro, en donde se encontraba una vieja silla de caoba, con algunas amarras de cuero; estaba rodeada por velas negras y blancas, al rededor había una signo bastante raro, como una estrella
 – Siéntate, Lázaro – me ordenaba don Lucio, mientras me ataba los brazos y las piernas con las amarras.

No lo pensé dos veces y me senté. No sabía que estaba haciendo. Mi cuerpo no le hacía caso a lo que le ordenaba mi cabeza. Sentía que mis músculos empezaban a ponerse calientes, y como si miles de hormigas estuvieran caminando dentro de ellos.

– Don Lucio, ¿qué está pasando?… ¿qué contenía ese té?, ¡ya no quiero hacer esto! – yo exclamaba con tono de miedo.
–  Tranquilo, Lázaro. Todo es parte del ritual.
 En ese momento don Lucio empezó a decir algunas palabras en latín que yo no llegaba a entender:
– OFERRO TIBI SACRIFICIUM PECCATRICEM. UT MEUS IN TE, REX TENEBRIS (te brindo esta alma pecadora como ofrenda. Para garantizar mi lealtad hacia ti, rey de las tinieblas).
Dentro del cuarto empezó a hacer mucho mucho frío, el aire que se respiraba  era como el que se encuentra en un panteón en la noche más obscura. Llegó un momento en donde me quede totalmente dormido, y ya no supe que pasó después.

– ¡Lázaro, Lázaro!… despierta – me decía don Lucio mientras me levantaba del suelo.

Yo no comprendía como había llegado al suelo, si hace algunos instantes me encontraba amarrado en la silla.

– ¿Cómo te sientes?.
– Me siento un poco mareado, ¡no sé qué pasó…! – le respondía mientras me volvía a sentar en la silla.
– ¡Estás preparado para la siguiente prueba! – me afirmaba don Lucio, con una extraña sonrisa en su cara.
– ¿De qué se trata?.
– Tienes que traerme un sacrificio… Tienes que quitarle la vida a uno de tus enemigos, por lo cual me traerás el cuero cabelludo como prueba de lo que lo hayas hecho.

Yo no sabía que pensar, ni que decir. Esto estaba llegando demasiado lejos, no sabía si seguir adelante o dejar todo a un lado. Aunque me inundaba una sensación de maldad, de ansias por hacerlo, ¿qué me estaba pasando?.

– Pero yo no tengo  enemigos, ¿a quién le podría quitar la vida?.
– En su momento sabrás a quien quitarle la vida.

Ha pasado un mes desde mi último encuentro con don Lucio, no he tenido pesadillas, y todo va mejor desde el incendio. Me siento tranquilo, con más energía y vitalidad. Todo me está saliendo bien, subí mis notas y mi relación con Michelle es mejor. Al parecer el terreno donde estaba la casa ha subido su plusvalía, y mi madre le sacará un gran provecho. Aunque mi conciencia no me deja en paz, se que tengo un compromiso con don Lucio, como si algo me incitara a ir con él. Tengo que ir…
Me molesta mucho que se le acerquen a Michelle, sobre todo ese tarado de Miguel, yo sé cuáles son sus intenciones con ella. Digo, si sabe que tiene novio, como porque se le acerca, no me molesta que busque su amistad, pero al parecer busca algo más que ser amigos. No pretendo expresar mis celos, sin embargo, tengo enojo guardado en mi interior, un gran ímpetu de hacer algo con respecto a Miguel, espero que no llegue a mayores, porque si no, tendré que tomar cartas en el asunto, y  no le gustará averiguar lo que le va a suceder si sigue insistiendo tanto. Esa misma noche mi amigo Roberto hizo una pequeña despedida para André, un compañero francés que vino de intercambio a nuestra escuela. Pasé por Michelle, y llegamos a la casa de Roberto en punto de las diez de la noche. Todo iba bastante bien, algunos tragos, baile, junto con los besos y abrazos de mi chica. De pronto creí que era el momento preciso de ir al baño, cuando regresé me di cuenta que Miguel tenía a mi novia tomada de la cintura, me dio mucho coraje, sobre todo porque ella no le puso un alto. Empezaron a correr pensamientos de venganza y muerte por mi cabeza, como si algún demonio inundara todo mi ser y me controlara. Aproveché que Michelle se había ido al baño, me acerqué a Miguel y le dije que quería hablar con él a solas, no antes ya había tomado un cuchillo de la cocina de Roberto. Cuando nos encontramos afuera, hice que nos encamináramos a un terreno que tenía una propiedad vacía, ya estando ahí le solicite que no se le volviera acercar a mi novia, ya que sabía que lo que el quería era más que una amistad… – Miguel, te digo de la manera más atenta que no te acerques a mi novia, yo se que tu intención es ser más que amigos, y la verdad es que tampoco eres de mis personas favoritas. – Jajajaja… lo siento mucho, Lázaro… pero me dan risa tus comentarios – me decía Miguel. – Te lo comento, y te lo vuelvo a advertir, Miguel. No te acerques a ella, ¡si no será lo último que hagas en la vida! – exclamaba yo con un tono de enojo y venganza. En ese momento se volvió a mofar de mis comentarios, no tuve otra alternativa, la sangre fluyó hacia mis manos, por lo  cual enterré el cuchillo que traía en su pecho, cuando lo hice me sentí la persona más fuerte y poderosa del mundo, en ese momento sentí que nadie me podía detener. Arrastré el cuerpo y lo deje en un sótano de aquella propiedad abandonada. Después tome su cabeza y le quite parte de su cabello con todo y cuero cabelludo. Envolví el cuchillo en un viejo pañuelo que cargaba. Regresé a la fiesta, tenía ventaja, nadie se había percatado que yo había salido a hablar con Miguel. Cuando entré, Michelle preguntó que a donde me había ido, no me quedo otra más que decir que había ido por cigarros, pero que ya no había encontrado la tienda abierta. Ya en la casa de Roberto me dirigí hacía la cocina para lavar el cuchillo y dejarlo en su lugar, aquí no había pasado nada, todo estaba bien, me sentía el rey del mundo. Quitar una vida en ese momento, me hizo dar cuenta que era una de las situaciones que más me había dado placer en todo lo que llevaba en este planeta llamado Tierra.

Al otro día, esa misma tarde trate de distraerme, y decidí acudir con don Lucio. Que raro, la casa se ve aún más dañada que antes, tiene más fracturas en sus paredes viejas, y da la fachada de que no tardará en caerse. – Toc, toc… don Lucio, ¿está ahí? – al parecer no hay nadie -. La puerta está abierta, como es posible que la deje así, digo, no hay muchas cosas que robar, ni artefactos de valor, pero siempre hay que tomar precauciones, así seas el mismísimo diablo.
– Don Lucio, ¿está ahí?… En ese momento escuche algunos ruidos que venían del sótano de la casa. No lo pensé y entré. Cuando iba bajando las escaleras me llego un olor a perro muerto, como si algo o alguien se estuviera pudriendo. – ¿Hay alguien aquí? – preguntaba yo.
– Lázaro, adelante. No te oí llegar.  ¿ Cómo haz estado? – me preguntaba don Lucio, con una voz ronca y un poco cansada. Se encontraba sentado en un viejo sillón de color rojo y con un puro en una mano derecha.
– Todo excelente, sabe… usted tenía razón. Ayer llegó el momento, y lo hice. Traigo lo que  me pidió como prueba del hecho -. En ese momento saqué de una pequeña bolsa negra el cuero cabelludo de Miguel.
Don Lucio lo tomó y empezó a reír a grandes carcajadas, como si hubiera escuchado el mejor chiste del mundo. – ¿Por qué se ríe? – preguntaba yo.
– La verdad es que no pensé que tuvieras el valor de hacerlo, pero me haz demostrado que no eres cualquier persona. Eres un digno merecedor del poder que estás apunto de obtener.

 Me quedé pensativo, y luego le pregunte: ¿cuál es la tercera prueba?. En ese momento, observé a don Lucio, nunca había visto una mirada tan penetrante, de esas miradas que congelan el corazón. Que cuando la ves te quedas perplejo, se te inmovilizan los músculos, los sentidos se vuelven irreales y con falta de credibilidad.

 Don Lucio me siguió observando y exclamo:  ¡Esto va más allá de quemar una casa o asesinar a alguien. Para poder obtener los grandes favores del rey de las tinieblas y de este mundo. Es entrar al mismo infierno en la tierra!, ¿estarás preparado para eso…?

Historia escrita por – Fernando Solano

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