Los Errantes

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Goler y Belgor eran errantes, guerreros profesionales expertos en la lucha contra criaturas no-muertas. Nunca eran recibidos con alegría en las aldeas o ciudades donde trabajaban, pues su llegada siempre significaba problemas. Pero eran necesarios, y las personas los toleraban, sobre todo porque los errantes gozaban de inmunidad y protección del rey y de todos sus vasallos.

En aquellos días, Goler y Belgor habían sido enviados a una villa llamada Villaespino. Dicha villa era propiedad de un señor muy poderoso, lo suficiente como para costear el trabajo de dos errantes. Las calles de Villaespino habían sido regadas con la sangre de muchos de sus habitantes, todos varones, adultos y sanos. Sus cuerpos siempre aparecían al amanecer en alguna plaza concurrida, con las vísceras colgando y el cuello completamente abierto. Los dos errantes tenían claro quién era el culpable, todo apuntaba a un súcubo, un tipo de demonio bastante común en los grandes centros de población; y el que las victimas fueran solo hombres y que se hubiera licuado toda su sangre, encajaba a la perfección con su modo de cazar.

Cuando llegaron a la villa, las calles estaban vacías, solo se dejaba ver el humo de alguna chimenea distante, o la luz tenue de una vela proveniente de alguna habitación. Fueron directos a la posada El Ciervo Feliz. Ya los estaban esperabando; tenían ordenes de concederles asilo con todos los gastos pagados, cosa que no agradaba al obeso posadero y su casi adolescente esposa.

Goler era mayor que belgor, hacía tiempo que había pasado los 40, su vientre era más grueso, su pelo ya escaseaba, pero su mirada seguía igual de dura, al igual que sus ojos azules, frios e inquisitoriales. Belgor por el contrario contaba con 20 años menos, era su segunda misión, sus ojos eran más inquietos, aunque a ojos inexpertos parecerían seguros y tranquilos; era alto, de constitución atlética, rasgos agradables y ojos marrones.

Goler se acercó al posadero y le pidió la cena.

     -Espera sentado en la mesa y vigila quién entra y quién sale -le dijo Goler con aire sombrío a su joven compañero.

Belgor asintió y se dirigió a la mesa no sin antes recorrer con sus ojos el cuerpo de la esposa del posadero, una pelirroja de amplias curvas y busto generoso. El posadero gruñó muy alto, tanto, que hasta le temblaron los bigotes. Goler le lanzó una mirada gélida a sus compañero, y finalmente se sentó en una mesa destartalada cerca de la chimenea central. Belgor se quedó sentado fingiendo que aseguraba las correas de su armadura negra de cuero reforzado, no sin dirigir alguna que otra mirada a la pelirroja. Goler suspiró y llevó hasta la mesa una bandeja con dos codornices asadas, caldo aguado con huesos de pollo, pan duro, y queso más duro aún. Para ellos aquello era un manjar, pues el camino siempre era duro y escaso en privilegios.

     -No deberías haberla mirado así, no queremos problemas -recriminó Goler a su joven compañero.

    -No hice nada malo, es la primera mujer joven y bella que no intenta destriparme desde hace mucho tiempo.

     -Te entiendo, pero entiende por qué estás tú aquí. Cada segundo que pasa es más probable que estemos cerca del súcubo. A estas alturas ya sabrá que estamos en Villaespino, y en cualquier momento tendremos sobre nosotros a un monstruo rabioso, aunque sin apetito, pues lleva mucho tiempo comiendo de la cocina local, cosa rara ya que no suelen arriesgarse a acunmular tantas víctimas en un solo lugar.

     -Nos ha tocado el súcubo imbécil.

     -Es un monstruo, un monstruo que te puede destripar con un sencillo giro de muñeca.

Belgor asintió mansamente y comenzó a comer con ganas. Goler barrió una última vez con la mirada la posada y acometió con ímpetu su propio plato.

Al terminar se despidieron del posadero y subieron a la habitación más amplia de que disponían. Era grande, con cuatro camas, y altos ventanales. Dejaron solo una vela encendida. Goler hizo la primera guardia.

Cuando los ronquidos de Belgor ya eran audibles, se sentó cerca de la ventana para observar las calles mal empedradas y los tejados torcidos de pizarra en busca de algún movimiento inusual. De pronto, un sonido grave proveniente de la parte baja hizo que los sentidos parcialmente aletargados de Goler se agudizaran como nunca. Bajó sin despertar a Belgor, con paso rápido y su mano derecha apoyada en el pomo de su estilete. Al llegar abajo vio al gordo posadero tirado sobre los restos de la sopa que se había derramado con la caída. Se acercó hasta él y confirmó que aún tenía pulso. Antes de que le diera tiempo a hacer una sola conjetura, un grito ahogado atravesó su pecho desde el piso de arriba. Subió corriendo, pero esta vez con el estilete desenvainado, acompañado por una preocupación que era más bien una certeza en su mente, una certeza que se vio confirmada al atravesar el umbral de la puerta que daba a la habitación. Belgor yacía en el suelo con el cuello abierto, y sobre él, la esposa del posadero le estaba drenando la sangre con sus largos colmillos ayudados por una lengua anormalamente larga y roja. Los ojos del súcubo quedaron fijos en Goler que ya había desenvainado la espada dispuesto a batirse con él. Cada paso que Goler realizaba iba acompañado de una maldición y una punzada de culpabilidad, pero barrió aquellas emociones y se centró en la tarea que tenía entre manos. No era el primer súcubo que mataba, y aquella estúpida trampa tendría que haberla visto venir. El súcubo pelirrojo, sin pensárselo se abalanzó en busca del cuello de su nueva víctima, pero Goler desvió sus zarpas con el estilete, mientras golpeaba el costado derecho del monstruo con la empuñadura de la espada; finalmente se separaron. Ella estaba excitada por la proximidad de una nueva presa, él era frío y realizó bien sus cálculos. Cuando el súcubo se abalanzó de nuevo, éste lo esquivo con una finta hacia la izquierda, fingió una ataque hacia su costado, ella lo esquivó con dificultad y justo en ese lapso de tiempo, Goler atravesó su vientre con la espada hasta la empuñadura, no sin recibir antes un mordisco en el hombro izquierdo aunque sin llegar a perforar el cuero. Goler no quería esperar a que el súcubo se recuperara, debía cercenar la cabeza del monstruo, pero cuando ya estaba en posición con la espada sujeta con las dos manos sobre su cabeza, algo frío y afilado afloró sobre su pecho, un cuchillo largo de carnicero que atravesó con rabia cuero y costillas. Goler calló de rodillas, y antes de desvanecerse, vio cómo el obeso posadero, presionaba la herida abierta del súcubo. Luego sobrevino el frío, y finalmente, la oscuridad.

Historia escrita por- Ignacio Castellanos

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AL FINAL DE LA CALLE

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Sara era una mujer de rituales, rituales para dormir, rituales para comer, rituales para fumar, rituales para escribir, rituales para follar…
Antes de encender el portátil y comenzar a escribir sus dos horas rutinarias y nocturnas, cogía un cigarrillo rubio y lo hacia girar sobre sus dedos hasta 12 veces. Llevaba 2 semanas estancada con un cuento que se llamaba “Al Final de la Calle”, 5 minutos antes de que terminaran las 2 horas reglamentarias llevaba escrito esto:
“Laura llevaba 2 meses estancada con el cuento, no recordaba por qué había comenzado a escribirlo, cuál había sido su inspiración, o por qué de manera insidiosa y vírica había comenzado a infectar cada rincón de su cerebro haciendo que se obsesionara con él”
Sara suspiró de frustración, entendía perfectamente a Laura, ¿o era al revés?. La cabeza le daba vueltas, se encendió el cigarro rutinario al terminar sus dos horas de escritura y luego se abrió una cerveza, algo que no entraba dentro de sus rutinas nocturnas, pero sentía en las tripas que necesitaba una. Hacía un bochorno insoportable, abrió la  ventana y bajó la persiana lo justo para dejar una rendija por la que corriera el aire. Se quitó la ropa, todo menos las bragas, y se dejó caer a peso muerto sobre la cama. Le costó dormirse por el calor, pero finalmente lo logró.
La pesadilla sobrevino de repente a traición como suelen hacerlo, no había monstruos, ni muertes, incluso podría decirse que era de bajo presupuesto, pero el terror retumbaba en su pecho y frente, y el agobio y la tensión eran insufribles. Se vio a sí misma en su propia calle, una calle que no tiene salida por uno de sus lados, terminando de manera abrupta en un muro de piedra de hacía 50 años, una época en que la gente de manera ingenua creía que en el año 2000 viviríamos en Marte teniendo hijos marcianitos y bodas marcianitas. A la derecha del muro, como en el de la vida real, Sara vio la puerta de metal oxidado que daba a un solar cubierto de musgo, repleto de somieres mugrientos y  cristales rotos. Abrió la puerta, aunque no tenía consciencia de que fuera ella quien lo hiciera. Al entrar en el solar, no pudo contenerse, sintió el tibio y resbaladizo abrazo de la orina al deslizarse por sus muslos desnudos al ver una mujer con la falda subida, las rodillas destrozadas, la cara ladeada como inconsciente…aunque no, Sara sabía de alguna manera que aquella mujer estaba muerta y sobre ella una hombre la violaba, o terminaba de violarla. El hombre pareció que veía a Sara  pero no se detuvo. Sara se desvaneció de la  extenuación, rezando, aunque no creía en nada salvo en sus rituales, para que se despertara y no saltara como en otras ocasiones a otra pesadilla. Pero al despertar seguía en la pesadilla, el mismo solar aunque en él solo estaba ella. Amanecía, el frío de la mañana le subía por las piernas, y respigaba su tripa. No, no era otra pesadilla, era el solar, era el final de su calle, y el miedo dio paso al rubor y la vergüenza. Miró por la puerta que daba a la calle, y vio que estaba desierta, recordó que era domingo, nadie madrugaría y menos tan temprano, corrió acera arriba sin pensar en si alguien la habría visto. Sobre la planta de sus doloridos pies sintió cada gota, humedad, oquedad, colilla y chicle solidificado. El portal estaba abierto y también la puerta de su casa. Desde que era una cría no había tenido ningún terror nocturno que le hiciera caminar sonámbula, y menos por la calle. Sara optó por la opción mas típicamente humana de todas, ocultar y enterrar. Llenó la bañera de agua caliente y se hizo un chocolate. Se hundió hasta la nariz, la temperatura ya era alta de por sí, pero con el calor del agua, la piel de Sara se cubrió de sudor, y el sueño llegó como un ensalmo, pero se pasó una mano por la cara, apuró el chocolate, y salió del agua, se secó por encima y fue directa al portátil.
“Quizás eran los terrores de la infancia, los traumas y heridas que no logramos curar las que marcan el giro de nuestras decisiones… había escrito Laura en una libreta. De alguna manera, ella comprendía que cada párrafo que escribía era un punto de sutura suelto, una incapacidad masoquista de no poder dejar curar las heridas…”
Sara sonrió para sí misma, le parecía basura seudo profunda sensiblera, sería mucho más interesante si describiera cada detalle de la violación que sonámbula había presenciado en el solar…pero no, eso no era nada maduro ni sano por su parte, los terrores hay que enterrarlos, si no los miras, dejan de existir.
Fuera de casa el sol brillaba con fuerza, uno de esos días que vuelve a la gente tan optimista, como en un anuncio de tampones. Pero lejos de poner optimista a Sara, hizo que un sudor frío le recorriera la espalda, y que un escalofrío le recorriera el cuerpo, un escalofrío que como golpes y latigazos le indicaban que fuera hacia el salón. Sara creía que debía estar incubando algún  tipo de enfermedad, quiso ir al sofá y tumbarse, pero en el sofá había un hombre obeso, descamisado, con los ojos fijos saltones en ella, empapado como si lloviera a mares y con la mano derecha metida en el pantalón masturbándose. Sara salió corriendo pero reconoció la cara del violador. Casi cae por las escaleras, llamó a puñetazos al vecino mientras miraba tras ella aunque no veía que la persiguieran. Tenía ganas de vomitar solo con pensar que aquel hombre estaba en su sofá. Finalmente le abrió la puerta el vecino.
“Hay alguien en mi piso, un hombre, Dios lo siento no fui capaz ni de llamar a la policía no sé qué hacer”, Dijo Sara al vecino un jubilado que no debía  tener menos de 80 años.
El vecino le dijo que esperara en su casa que iría a ver y que ella llamara a la policía. Así que allá fue con sus zapatillas y bata de cuadros el vecino al que habían sacado de su  western matutino. Pero a Sara no le dio tiempo ni de llamar por teléfono, pues su vecino volvió en seguida para decirle lo que ella más temía, aunque no quería reconocer por qué, y era que no había nadie allí. El vecino le aseguró que sería cosa del calor que derrite los sesos. Pero a Sara le temblaban las piernas solo de pensar en volver a entrar en su piso.
Sara siguió actuando como un adulto y enterró sus miedos. Entró y se preparó la comida como si nada ocurriera, tanto fingió que incluso se olvidó de sus propios rituales. Pasó la tarde viendo comedias románticas de serie b, o al menos debían serlo, perfecto para destrozar las conexiones neurológicas del cerebro.
Al caer la noche se dirigió a la ventana para bajar la persiana y dejar una rendija como solía hacer, pero de nuevo ese escalofrío recorrió su espalda, seguido de una lluvia que empezó a caer con fuerza, contra la ventana y el asfalto. Creía que estaba loca por lo que estaba a punto de hacer, pero siempre había creído que en el fondo lo estaba, aunque actuar como lo haría un adulto tampoco la había beneficiado, pero en ese momento el latigazo en la espina dorsal, el dolor en la frente y el sudor frío le decían que llamara a la policía, no podía dejar de pensar en la pesadilla lúcida del solar, y la chica de las rodillas destrozadas.
Fue una llamada anónima, dijo a la policía que estaban agrediendo a una mujer en el solar de su calle, les dio la dirección y colgó. Una media hora después apareció un coche de policía, entraron en el solar y salieron sin más, no había nada al otro lado. De pronto se empezaron a oír gritos, aullidos de dolor en uno de los bloques. Los dos policías entraron en el edificio, tras 15 minutos interminables los gritos cesaron. Con ellos bajaba un hombre obeso descamisado de ojos saltones. Al poco llegó una ambulancia, y se llevaron a una joven que no tendría más de 14 años con las rodillas ensangrentadas.
Sara, con los ojos como platos y la boca seca, se tiró en la cama y abrió el portátil
“El problema de Laura, era que los demonios de sus pesadillas no murieron bajo tierra al enterrarlos de mayor. Siguieron vivos, acechando, truncando cada decisión, atormentándola con sus ojos rojos. Solo podía hacer una cosa con ellos, matarlos, acabar con todos ellos…”

Sara siguió escribiendo hasta que las luces de la ambulancia y el coche de policía desaparecieron al igual que las voces de los vecinos y sus interminables teorías. Todo desparecía, como la conciencia de Sara al volver a dormirse. 

Historia por – Ignacio Castellanos

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Sé que estás despierto

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El chico sabe que si da la más mínima señal de que está despierto, estará perdido. Sabe que si eso se da cuenta de que él lo ha oído todo, morirá. El muchacho está tenso, arropado con su manta hasta la cabeza, exhalando aire caliente y húmedo que se acumula en el espacio que ha creado la sábana. Necesita aire fresco, pero el más leve movimiento lo delataría. Su padre y su madre lo miran fijamente, sin parpadear.

Horas antes, el muchacho apenas se había acostado. Había sido un día bastante largo: tres exámenes en tres horas, pruebas en gimnasia y, además, entrenamiento de fútbol. Todo eso lo había dejado molido. Al otro lado de la pared, sus padres veían un reality show bastante cutre. Después de mentalizarse, se durmió.

Un ruido leve lo desveló a media noche; estaba confuso y desorientado. Seguía escuchando el ruido, el cual parecía provenir del salón. Poco a poca abrió la puerta y caminó a través del oscuro pasadizo que llevaba al centro de la casa. El ruido se hacía cada vez más intenso y desagradable, similar al de los huesos al romperse. Lentamente, asomó la cabeza por la esquina. Horrorizado, descubrió el epicentro del ruido. Una masa de unos dos metros estaba de pie, inmóvil. En su mano se encontraba el cuerpo sin vida de su padre. Tenía el pecho perforado y las extremidades destrozadas. A sus pies, estaba el cadáver de su madre partida por la mitad. El muchacho sintió la necesidad de gritar, pero sabía que si lo hacía no iba a contarlo. Intentando no hacer mucho ruido, el chico volvió a la habitación y se acostó de nuevo. 

«Es todo un mal sueño», se decía a sí mismo. «Mañana todo volverá a la normalidad».

Aterrorizado, escuchó las fuertes pisadas del monstruo que acababa de asesinar a sus padres. Actuando por instinto, se tapó con la sábana y se hizo el dormido. Escuchaba cómo, poco a poco, esa cosa se acercaba. La tenue luz que ofrecía la luna le permitió ver lo que la figura hacía. Aquella cosa se quedó quieta al lado del mueble. Respiraba profunda y roncamente mientras miraba hacia la cama. El chico, haciendo un esfuerzo inhumano, contuvo sus ganas de gritar y de correr.


Cuando la bestia, por un motivo u otro, salió de la habitación, el chico saltó de la cama y observó por la puerta cómo la masa de carne se alejaba y se dirigía al salón. Diez segundos después, se dio cuenta de que volvía y el muchacho regresó al colchón, cogió la sabana y se tapó hasta arriba. El engendro entró de nuevo en el cuarto llevando en su mano alguna cosa; el joven escuchaba cómo manipulaba algo. La fiera volvió a salir. El chico se destapó y pudo observar la macabra escena: el cuerpo sin vida de su padre estaba sentado con el cuello roto y la cabeza mirando hacia el lecho. Otra vez, intentó no gritar.

El monstruo volvió una segunda ocasión, ahora con el torso arrancado de la madre, el cual puso al lado del padre. También tenía la cabeza en dirección a la cama. La gigantesca figura se agachó y en ese momento el muchacho se arropó totalmente. Notó cómo la bestia se alzaba y se acercaba hacía él. Sentía su forzosa respiración y notó cómo escribía alguna cosa en la pared. El adolescente hacía lo que podía para no delatarse. Después de eso, el engendro salió de la habitación y desapareció en la oscuridad. Entre sollozos, el muchacho, aún tapado hasta la sien, consiguió conciliar el sueño.

A la mañana siguiente se despertó por el fuerte olor que salía de los cadáveres de sus padres. Aún sin creerlo, recordó lo último que había hecho el asesino. Giró la cabeza y, horrorizado, pudo leer una frase escrita con sangre y rabia, que decía:

 «Sé que estás despierto».

Historia por – Pipe2k

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La sombra del Niño [Juego]

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Alguna vez has deseado algo con todas tus fuerzas? Algo por lo que te atreverías a poner tu vida en riesgo? Si es asi estas en el sitio indicado.

Para jugar a La Sombra del Niño necesitarás una pelota, papel, lápiz y un teléfono.

Cuando el sol esté poniéndose tendrás que acercarte al parque mas cercano que encuentres y una vez allí deja el balón encima del tobogán. Deberás esperar mínimo hasta medianoche, así que asegurate de haber comido algo e ir descansado.

Una vez llegue la medianoche deberás evitar mirar en la dirección donde está el balón o él no aparecerá. Deberás fijar la vista en la parte del final del tobogán hasta que veas que el balón rueda hasta bajar por el tobogán. Sabrás que no ha sido el viento porque oirás que él se ríe.

En ese momento tendrás taparte los ojos y contar hasta que él vuelva a reir. Si has contado hasta cien y aún no lo escuchas vete, él no quiere jugar hoy. Normalmente a los diez segundos oirás la risa. Abre los ojos. Aparecerás delante de la entrada del parque, y delante de ti habrá un bosque que no estaba antes, no te asustes y sigue adelante.

Al rato de caminar deberás haberte encontrado balones por el camino. Ignoralos hasta que no encuentres el tuyo. Cuando estés seguro de que el balón que hay en el suelo es tuyo, cógelo. Debajo tendrá un número que deberás apuntar en tu papel. Si en algún momento de la prueba oyes un llanto, corre hacia la salida. Le has hecho llorar y si te encuentra no tendrá piedad contigo. Si consigues reunir tantos números como los que contaste al principio del juego felicidades, has avanzado una gran parte. Ahora viene lo difícil.

Él comenzará a contar cuando apuntes el último número en tu papel, y contará hasta tu número, en ese momento saca tu teléfono y marca todos los dígitos antes de que él acabe de contar, si no, reza porque te deje vagar por el bosque toda la eternidad. Si lo has hecho bien oirás una voz de un niño al otro lado del teléfono preguntándote por tu deseo. Ahora es el momento en el que podrás pedir lo que sea que más quieras, pero él, a cambio se llevará un hijo tuyo para que juegue con él, y si no tienes, tu fertilidad. Cuando acabes de pedir tu deseo vuelve a taparte los ojos y cuenta hasta diez.

Volveras a aparecer en el sitio donde empezaste a jugar, sin el balón. Él también se lo queda. Te recomendaría no volver a ir a ese parque jamás, él te conoce y a veces quiere jugar aunque tu no lo desees. Al dia siguiente Encontraras que lo que pediste ya esta en tu posesión.

Espero que tus hijos valgan lo que tus deseos…
Historia por- ElegantCat

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La Puerta Negra

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Todos los días, Daniel llegaba a la misma hora a casa, a la misma hora encendía el televisor, y a la misma hora metía su cuerpo sudado y dolorido bajo el agua. Lo único que rompía su rutina desde hacía 3 semanas, eran sus nuevos vecinos, los cuales se habían mudado al apartamento de enfrente. Eran los vecinos perfectos, nunca hacían ruido, y lo mejor de todo, no lo molestaban para nada. El segundo sábado de su tercera semana de compartir rellano, un ruido como de arrastrar muebles hizo que se acercara a la mirilla. No era hombre que se inmiscuyera en los asuntos de los vecinos, pero el que fuera la primera vez en tres semanas que dieran señales de vida, fue suficiente para despertar su interés y querer conocer el aspecto de sus misteriosos vecinos. Al acercarse a la mirilla le sorprendió (en el peor sentido de la palabra) lo que vio. La puerta de sus vecinos antes blanca, ahora lucía completamente negra. Daniel se preguntó en qué momento la habrían pintado, porque cuando él llegó seguía igual que siempre, o quizás era que sencillamente no se había fijado. Pero lo que definitivamente hizo que sus ojos se agrandaran y no despegara su ganchuda nariz de la puerta, fue ver cómo llegaban dos personas, picaban a la puerta negra, esta se abría, y entraban sin emitir saludo o ruido alguno. Daniel era un tipo pragmático, de mente simple, y poco tendente a los devaneos místico/intelectuales, y mucho menos a los cotilleos de rellano, pero igualmente no podría quitarse en lo que quedaba de noche aquella imagen, pues aquellas personas, no es que fueran de negro vestidas, ni que su piel fuera morena,  simplemente no reflejaban ninguna clase de luz, era como si la luz no incidiera en sus cuerpos, y por si eso no fuera poco, del interior del apartamento vecino, todo era oscuridad salvo por una leve luz blanca e intermitente que llegaba de algún rincón indeterminado.

Al día siguiente la misma escena se repitió, otra pareja y la misma luz intermitente. Daniel, estaba contra todo pronóstico genético, asustado, pues se acababa de chocar de cara contra algo completamente anómalo e ilógico. No le hacía ninguna gracia compartir escalera con una puerta negra por la que entraba gente que luego no parecía salir. Daniel se preguntaba si el anciano casero sabía que sus inquilinos habían cambiado la puerta de color, pero en seguida barrió esos pensamientos de su cabeza, ya que al día siguiente tenía que madrugar, y la rutina seguiría su curso sin que nada se alterase. Pero la rutina nocturna también continuó, y el nerviosismo en Daniel también siguió un proceso de crecida exponencial según avanzaban los días.
El cuarto sábado se propuso salir y picar a sus vecinos, pero justo cuando iba a salir, y vio entrar de nuevo a otra pareja se detuvo en seco. Suspiró y volvió junto con la televisión y el sofá.
La noche transcurrió sin ningún contratiempo entre ronquido y ronquido, hasta que su corazón dio un vuelco. Alguien llamaba a la puerta, pero no con el timbre, sino golpeando a la puerta, pero lo que hizo que las manos se le helaran no fue tanto la llamada como el ruido, pues a parte de ser arrítmico parecía como si multitud de manos cerradas aporrearan la puerta de la calle. Se colocó la bata sin abrochar, se calzó las zapatillas, tragó saliva, hinchó el pecho y abrió la puerta sin mirar por la mirilla. Barrió lentamente con la mirada la escalera mientras se atragantaba con su propia saliva, y vio para aumento de su sudor frío, que el rellano estaba vacío. La puerta de sus vecinos estaba abierta con aquella luz blanca intermitente y débil.

“A la mierda”, pensó Daniel, y entró en el apartamento vecino.
Al entrar, su primer instinto fue el de salir corriendo, pero para su asombro, no tenía la sangre tan fría como creía, pues no se movió ni un centímetro del lugar en el que estaba. El apartamento no tenía paredes, era negro y con una televisión al fondo en el suelo. De ella y su pantalla con niebla, era de donde provenía aquella luz intermitente. La espalda de Daniel y el pecho se llenó de brazos oscuros. Estaba rodeado por multitud de personas sin luz, totalmente oscurecidas a ojos de Daniel. Lo obligaron a sentarse en el suelo y mirar la niebla de la pantalla. Poco a poco, Daniel sintió disipar su mente, como si todo le invitara a seguir con el sueño. Su cuerpo se oscureció, al igual que el de sus anfitriones.

No se volvió a saber más de Daniel en el rellano y el edificio. La puerta negra volvió a ser blanca. Y el casero nunca recibió el pago del alquiler, pues el piso estaba vacío, sin inquilinos, solo con una tele vieja y rota en el suelo.

Historia escrita por- Ignacio Castellanos 

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Rojo cual rubí

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Yo vivía al sur de California junto con mi adorada esposa Martha, 2 años menor que yo. Martha y yo nos conocimos en un viaje que tuve a Asia y desde ese momento quede hechizado por su belleza. Tenía unos preciosos ojos azules, una sonrisa tan blanca cual esmeraldas reluciendo, una piel clara y suave al contacto, era la mujer perfecta. 

Cumplíamos 3 años de noviazgo cuando decidimos juntarnos en matrimonio. Durante la celebración uno de los invitados le obsequio a Martha un collar de oro con un llamativo y grande rubí en forma de corazón, ella se vio muy asombrada por lo cual se lo puso de inmediato para lucirlo con su gran vestido blanco, pero… unos momentos después ella se dispuso a preguntarme de quien se trataba ese invitado ya que resultaba desconocido para ella. Lo describió como un hombre con facciones toscas, muy alto , con un traje de vestir y sombrero lo cual sonaba totalmente desconocido para mí , pues yo no conocía ni creía tener a un familiar o amigo con las características descritas anteriormente , por lo cual le pedí que me mostrara el lugar donde se encontraba ese extraño hombre pero extrañamente cuando nos dirigimos al lugar señalado por ella este había desaparecido en su totalidad lo cual nos causó una sensación de inseguridad a Martha y a mí , de igual forma continuamos con la celebración de todos modos hasta llegar a su término. Tiempo después los dos juntamos nuestros ahorros para así poder tener un hogar propio donde pudiéramos cumplir nuestros sueños de tener hijos y así ser una familia perfecta , pero … una sensación … una sensación de enojo y rabia se empezó a apoderar de mi unos meses después , no sabía de donde se originó exactamente , lo único que sabía era que no podía dejar de pensar en ese collar con ese gran rubí que colgaba de su cuello día a día , era como si esa pieza me hipnotizara cada vez que la veía y sentía un gran deseo a la vez de una furia desenfrenada por Martha Con forme paso el tiempo mi actitud fue cambiando con ella siendo cada vez más cortante y agresivo con ella , no lo entendía , yo la amaba demasiado para poder hacerle eso pero este pensamiento cambiaba al momento de estar cerca de ella. No encontraba una explicación cuerda que pudiera decirme porque me pasaba esto. Un día saliendo del trabajo acompañe a un amigo por unas copas pensando que esta sería una buena solución para poder omitir los pensamientos de Martha por un rato.

Estuvimos charlando un rato por lo que tome valor para contarle lo que estaba pasando , le platique como es que nuestra relación había cambiado tan drásticamente y como la trataba ahora , además de mencionarle la enfermiza adicción que había surgido en mi por ese rubí. Cesar (nombre de mi amigo) me menciono que quizás podría tener una relación el rubí con la actitud que fui tomando con Martha , que podría tener un hechizo o algo parecido, lo interrumpí diciéndole que esas eran ideas descabelladas , tome mis cosas y me fui argumentando que estaba cansado. Cesar se paró de su asiento y me grito a lo lejos

-¡Yo vi a ese hombre que se lo dio a Martha! Me detuve a escuchar esas últimas palabras, fruncí el ceño y me fui. Estaba caminando en la calle, eran la 1:30 de la mañana y debo admitir que estaba un poco ebrio pero podría jurar que lo que vi fue real Justo en la esquina de una calle se encontraba parado un hombre de aproximadamente un metro noventa, con un traje de vestir negro y un sombrero del mismo color, no podía verle la cara muy bien debido a la oscuridad de la noche, pero si pude ver claramente como este hacia una mueca de sonrisa en su rostro… una sonrisa macabra y llena de maldad que se dirigía hacia mí. 



Temeroso grite: -¡Señor! ¿Necesita algo? No hubo respuesta, me alerte y corrí lo más rápido que pude de ese lugar hasta llegar a mi casa. Al llegar note que Martha me estaba esperando por el motivo de una noticia importante, pero una vez más esa sensación de enojo y coraje se apodero de mi, por lo que me negué a hablar con ella y subí a mi habitación. Cada quien tenía su propia habitación, por lo que podría tener un poco de privacidad. Me recosté en la cama y me puse a pensar en todo lo que estaba pasando, el motivo de porque ese odio y además la pregunta de quién era ese hombre atravesó mis pensamientos, hasta que de pronto, como si de un destello luminoso se tratara recordé la boda, el hombre que le regalo aquel collar a Martha… me quede congelado por un momento de solo pensar que realmente tuviera algo de eso relación con migo y mi matrimonio. Sin darme cuenta me quede profundamente dormido, hasta que un sonido inesperado hizo que me levantara repentinamente de la cama, era el sonido casi imperceptible y delicado de una respiración, inconscientemente sabía que era la respiración de Martha… durmiendo… indefensa ante cualquier peligro que la rodeara. Tire una risa fuera de lugar y me levante de la cama, sentía como si un impulso agresivo se apoderara de mi. Baje a la cocina sin saber exactamente mi objetivo inicial, me detuve por un momento un poco confundido de lo que estaba haciendo cuando un repentino sonido interrumpió el silencio de nuevo, era ella otra vez durmiendo placenteramente en cama. Me exalte, mis ojos se tornaron de un color rojo intenso y fui en busca de un cuchillo largo y afilado aun sin saber exactamente mis acciones posteriores. Empuñando fuertemente el cuchillo fui hasta la puerta de su cuarto, no quería despertarla ya que la puerta hacia un ruido chillón y molesto al abrirla por lo que tenía que tener extremo cuidado. Tome la perilla de esta y gire hasta que finalmente la puerta estaba abierta, con mucha delicadeza empuje hacia atrás únicamente un pedazo extremadamente pequeño de la puerta entre dejando ver únicamente ese collar… Ese maldito collar con ese rubí que parecía brillar como un gran lucero. Me quede por unos momentos inmóvil… observándolo detalladamente la pieza. Repentinamente un fuerte dolor de cabeza se invadió de mi, llevando rápidamente mis manos a mi cabeza pudiendo escuchar el descontrolado llanto de un bebe que parecía provenir de la habitación de Martha que parecía hacerse cada vez mas y mas fuerte, desesperado tome nuevamente el cuchillo del suelo y entre repentinamente al cuarto de ella apuñalándola varias veces en el pecho sin darle oportunidad de gritar o algo parecido alcanzando así a desprender el collar de su cuello. Cuando esto pasó mis ojos volvieron a su color normal, observando así que el rubí del collar iba tornándose de un color negro como si de un anochecer se tratara. En seguida sentí como la sangre de Martha se encontraba escurriendo en mis manos sintiéndome culpable y a la vez aliviado de que esto por fin había terminado, pero no podía dejar su cuerpo así , por lo que la tape con unas mantas y saque su cuerpo de la casa hacia el patio trasero desechándolo en el basurero. La paz regreso en mi, era como una sensación de tranquilidad que me brindaba el por fin estar libre. Regrese a su cuarto para tirar las sabanas llenas de sangre que se habían quedado, al entrar a la habitación observe unos papeles que se encontraban en una pequeña silla a un costado de la cama que no había visto antes por lo cual decidí revisarlos. Me quede anonadado… esta… estaba embarazada! Pe… ¿pero cómo? De pronto ese fuerte y horrible dolor de cabeza volvió a mí, pero ahora se escuchaban como agonizantes y estrepitosos llantos que parecían penetrar cada centímetro de mí, por lo cual me tire de rodillas sollozando de dolor.… ¡ese maldito sujeto que se encontraba sonriéndome y mirándome fijamente una vez más! .Pude notar que su boca hacia movimientos como si estuviera tratando de decirme algo, en ese preciso momento el dolor y la tortuosa forma de alaridos y llantos que podía percibir era aun mayor, terminando finalmente tirado en el suelo… inerte 

Fin

Historia escrita por – Yolotzin Gonzales Guzmán

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